sábado, 20 de abril de 2013

NAKKADU


En las tierras que baña el río Orinoco, en las selvas de Venezuela, América del sur, había una tribu de indios que se hacían llamar los Guri-Guri. Esta palabra, en su idioma, significaba gato y a ellos les gustaba llamarse así, porque decían que podían ver en la completa oscuridad.
      Los Guri-Guri eran unos hombres bajitos, de piel morena, era como si hubieran estado todo el día tomando el sol en la playa; tenían unas manos y unos pies muy fuertes, con los que subían a los árboles más altos de la selva. Cazaban y pescaban todo el día y luego, cuando se hacía de noche, hacían una gran hoguera; comían, cantaban, bailaban y los hombres más viejos de la tribu contaban bonitas historias.
      Ácix, era el hombre más viejo de toda la tribu y sabía muchas historias.
Aquella noche al calor de la hoguera, Ácix, comenzó diciendo:
      Hace muchos años, cuando ninguno de vosotros había nacido aún, vivía cerca de aquí el último ejemplar de Nakkadu. Los Nakkadu eran unos pájaros muy grandes, que comían serpientes, arañas gigantes y otros animales peligrosos para nosotros los Guri-Guri.
      Mi tío Nusa, que era entonces el jefe de la tribu, tenía un acuerdo con él. Eran muy buenos amigos. Nakkadu, el pájaro gigante, tenía un gran problema al que no veía solución: sus plumas crecían tan deprisa, que necesitaba que alguien se las recortase y arreglase una vez al menos todas las semanas.
      Nakkadu, el pájaro gigante y Nusa, el jefe de la tribu, se conocían desde hacía mucho tiempo, desde que los dos eran pequeños y jugaban a chapotear en las charcas cercanas al poblado. Así que, un día, cuando Nakkadu se dio cuenta  de que sus plumas  crecían tan deprisa y de que pesaban tanto que ya no podía volar, fue a hablar con mi tío, con Nusa. Entonces, los dos ya eran mayores y Nakkadu estaba sólo, sus padres habían caído en una trampa y habían sido llevados a un zoológico y nunca más se supo de ellos. Mi tío Nusa era el único amigo que tenía en toda la selva y siempre que tenía oportunidad iba a verle y a charlar con él. Un día Nakkadu le dijo:
      - Nusa, tu y yo somos amigos desde que éramos pequeños y siempre nos hemos ayudado.
      - Claro que sí, le dijo mi tío.
      - Pues verás, dijo Nakkadu, ahora tengo un problema y necesito que tú me ayudes. He observado que mis plumas crecen tanto y tan deprisa, que ya apenas si puedo volar, voy todo el tiempo chocándome contra las ramas de los árboles y cuando tengo que aterrizar, me doy cada porrazo contra el suelo, que tengo todo el cuerpo lleno de cardenales, así que, quiero proponerte una idea que se me ha ocurrido.
      - Pues tú me dirás cómo puedo ayudarte, dijo Nusa.
      - Lo que te propongo, es que un día a la semana yo os traeré un buen cordero para que hagáis una cena. Después haremos una fiesta y para finalizar, entre todos los miembros de la tribu me recortaréis las plumas que no me sirven. A cambio, yo os cazaré todas las serpientes, arañas, leopardos, jaguares y otros animales peligrosos que estén rondando por el poblado y que puedan poner en peligro vuestras vidas.
      Nusa le dijo, que aunque él era el jefe de la tribu, le gustaría consultar con todos los Guri-Guri, para ver si estaban de acuerdo. Así que, una noche, cuando todos estaban reunidos alrededor de la hoguera, Nusa dijo:
      - Quisiera que me dierais vuestra opinión; Como sabéis, Nakkadu y yo somos muy buenos amigos. Desde hace mucho tiempo nos hemos ayudado. Hoy le ha tocado a él; me ha pedido que le ayudemos a solucionar un problema que tiene.
     
Una mujer del poblado, que tenía un hijo muy travieso y que se llamaba Sert le dijo:
       
¿Y cuál es el problema que tiene Nakkadu?  ¿Cómo podemos nosotros ayudarle?

      Entonces Nusa les explicó: Al contrario que nosotros los Guri-Guri, Nakkadu tiene plumas en vez de pelos, además, mientras que a nosotros se nos cae el pelo con la edad, a él lo que le ocurre es que las plumas le crecen más y más deprisa y últimamente le están creciendo tanto, que ya no puede volar, porque le pesan demasiado. Cuando tiene que emprender el vuelo, le cuesta muchísimo mover sus alas, pero todavía es peor cuando tiene que aterrizar, porque al no poder mover las alas con la misma rapidez que antes, acaba tropezando con el suelo, estropeando todo cuanto encuentra a su paso y dándose un tremendo porrazo. De modo que lo que me ha propuesto, si vosotros aceptáis, es que todos los sábados hagamos una fiesta, para la que él aportará un cordero y después entre todos le recortaremos las plumas que le sobran y así podrá continuar volando como siempre. Además, a cambio, él cazará todas las serpientes y animales que estén cerca del poblado y puedan suponer un grave riesgo para nuestra seguridad.
     
La madre de Sert contestó rápidamente que le parecía muy buena idea, pues siempre era bueno ayudarse entre  amigos y el resto del poblado gritó:
       
 ¡Sí, sí, muy buena idea, podremos hacer una fiesta todos los sábados al anochecer!

       Nakkadu, que en aquel momento observaba desde lo alto de la montaña, en su nido, no logró oír con claridad la respuesta del poblado, pero por el alborozo que se organizó, comprendió de inmediato que la propuesta era aceptada por todos y muy contento pio y pio hasta perder la voz.
     
      Pasaron tres sábados y todos estaban muy contentos con el pacto hecho con Nakkadu. Cenaban el cordero a la lumbre, cantaban y se divertían haciendo bromas a Nakkadu, por lo largas que tenía las plumas.

Nakkadu también estaba muy contento, pues ya volaba como siempre lo había hecho: muy bien, planeando por el cielo azul. Ahora cuando tomaba tierra, lo hacía con mucha suavidad y sin tocar ni un sólo árbol, ya no se daba porrazos contra el suelo y había sanado de todas las heridas que se había hecho antes, cuando sus plumas pesaban  tanto.
      Pero un día, la madre de Sert, el niño travieso, estaba muy preocupada. Era la hora de comer y Sert todavía no había llegado a casa. Cuando ella voceaba por los alrededores del poblado y cerca del río, se cruzó con Nusa y éste le preguntó:
       
¿Qué te ocurre mujer?  ¿Por qué das tantas voces?

       La mujer en aquel momento comenzó a llorar, estaba muy asustada y aunque ya conocía las travesuras de su hijo Sert, aquel día intuía que algo malo ocurría. De modo que pidió por favor a Nusa, que como jefe de la tribu que era, le ayudase a encontrar a su hijo. Nusa, que ya tenía muchos años y sabía mucho de la vida, le dijo:
     
Ve tranquila a casa, a cuidar de tus otros hijos y di a tu marido que se reúna con el resto de los guerreros y que se dividan por la selva, yo iré a buscar a Nakkadu, para que nos ayude desde lo alto, así, como él verá toda la selva desde arriba, lo localizará pronto, podrá avisarnos e iremos a por él.
      Así lo hizo, y todos los hombres de la tribu se pusieron inmediatamente en camino y las mujeres comenzaron a entonar cánticos a los animales de la selva, para que velasen por Sert y le trajeran sano y salvo al poblado.
Entre tanto, Nusa comenzó a subir la montaña donde vivía Nakkadu, pero  estaba ya muy viejo y sus piernas no eran tan rápidas como cuando era joven. A pesar de ello, su voluntad, sus ganas de ayudar a encontrar a Sert, le hacían no desfallecer y continuar su marcha.

Tenía miedo de no llegar al nido de Nakkadu antes de que anocheciese, pero lo logró, y cuando llegó, tomó aliento, bebió un poco de agua de la montaña y al mirar a Nakkadu se dio cuenta de que estaba durmiendo. Nusa sabía por propia experiencia que cuando Nakkadu se echaba a dormir, lo hacía para muchas horas y no era fácil despertarlo; de modo que, comenzó a empujar el nido con todas sus fuerzas y a gritar:
       Nakkadu, Nakkaaaaadu, deeespieerta!
     
Pero Nakkadu continuaba profundamente dormido, y otra vez:
     
 Nakkaaaaadu, deeespieerta!
     
Como no se despertaba, decidió que lo mejor sería colocarse las manos en la boca y gritar lo más fuerte que pudiese su nombre. Así lo hizo y Nakkadu dio un gran salto de su nido y se despertó.

      -  ¿Qué ocurre?  Le preguntó a Nusa. Me has dado un susto de muerte.

      - Más asustado estoy yo, que se nos está haciendo de noche y tenemos un problema que resolver. Necesito que me hagas un favor, dijo Nusa a Nakkadu.

       - Pues claro que sí, para eso somos amigos, dijo Nakkadu a Nusa.

       - Bien, pues siendo así, te contaré lo que pasa: Hace unas horas, el tiempo que he tardado en llegar hasta aquí, me encontré con la madre de Sert, ya sabes quién te digo, es el niño más travieso de todo el poblado. Ella, su madre, estaba muy asustada, gritando el nombre de su hijo por los alrededores del poblado; me dijo que Sert aún no había llegado a comer. De esto hace ya algunas horas y como comprenderás tenemos miedo de que le haya ocurrido algo.

       -  ¿Y cómo sabes que todavía no ha llegado?, es posible que ya esté en el poblado y tú, como has tenido que subir hasta aquí, no te hayas enterado.
     
- No, si lo hubieran encontrado habrían hecho un fuego y habría podido ver el humo, dijo Nusa.
     
- Bien, no te preocupes que yo lo encontraré,  ¿quieres que te acerque al poblado?
     
- No, no, ya estoy demasiado viejo para subir encima de ti y temo no poder agarrarme a tus plumas con la fuerza de cuando era joven, dijo Nusa.
      Así que Nakkadu extendió sus alas y comenzó a batirlas con fuerza. Primero lentamente y después poco a poco fue tomando velocidad y elevándose por encima de la monta a. Su aleteo era tan fuerte, que Nusa tuvo que agarrarse con fuerza a las ramas de un árbol para no salir volando. Desde lo alto, Nakkadu gritó:
       
¡Nusa, no te preocupes, lo traeré sano y salvo!
     
Nakkadu, ya en el cielo, planeaba a lo largo y ancho de la selva, los lagos, los pantanos, los inmensos bosques donde apenas lograba verse el suelo por su frondosidad. Allí estaba el río Orinoco, con sus afluentes, el Ventuari, el Gaviare, el Casiquiare y muchos otros. También, junto a él, volaban otros muchos pájaros, loros, colibríes, águilas, cóndores, pero ninguno tan grande como él. Era el rey de las alturas y estaba orgulloso de serlo, volaba de forma majestuosa, mirando por encima a los demás, ninguna otra ave podía elevarse tanto en el cielo como él, ni podía ser tan veloz. 
     
Habían pasado dos horas. El cielo comenzaba a oscurecer y poco a poco la noche  iba haciéndose presente. Empezó a vocear el nombre del niño:
       
 Sert, Sert!, gritaba sin cesar; pero Sert no contestaba, el tiempo pasaba y si se hacía de noche tendría que regresar al poblado, para comunicar a Nusa que no había logrado encontrar al niño. Muy apenado decidió volver, cuando de pronto estalló una fuerte tormenta. A Nakkadu siempre le asustaron las tormentas. Desde que era pequeño se refugiaba entre las grandes alas de sus padres y ahora, muchos años después, seguían asustándole las tormentas con sus rayos, sus fuertes truenos y las lluvias torrenciales que caían en aquellas latitudes selváticas.
      En aquel momento, justo cuando giró su cola para iniciar la vuelta al poblado, un rayo pasó muy cerca de él. Su trueno, fortísimo, le hizo tambalearse, no lograba controlar el vuelo, perdió el equilibrio y comenzó a caer en picado. Muy asustado, se dijo así mismo: vaya porrazo que me voy a dar.
     
Desde que llegó al acuerdo con Nusa e hicieron las fiestas de los sábados, él pensaba que ya nunca más perdería el equilibrio en el aire. Ya no tenía por qué temer nada. Sus alas, todo su plumaje, se hallaba en perfecto estado para volar; sin embargo no había previsto tener que volar durante una tormenta.
     
Cada vez su caída era más acelerada, iba a tragarse el suelo y no podía hacer nada por evitarlo. Intentó mover su cola, colocarla de forma horizontal, para así poder equilibrar su vuelo, pero era imposible. Cuando ya no hubo nada que hacer, se tapó los ojos con las alas y...
     
 Bumba, bumba, bumba!, tres fuertes porrazos contra el suelo.
     
Aún continuó arrastrando su pesado cuerpo y llevando consigo a su paso doce árboles, multitud de helechos y varias enredaderas en las que se hallaban distintos pájaros guareciéndose de la tormenta. Todos protestaron:
     
 ¡Pero qué haces!  “Es Nakkadu”, dijo un águila que se encontraba entre ellos.
     
“Sí es Nakkadu”, dijo un loro repitiendo la frase dicha por el águila.
     
Nakkadu, que era muy quejica, pese a ser tan grande y viejo, comenzó a llorar y lamentarse.
 ¡¡Qué golpe, qué golpe!! Decía el pobre Nakkadu.

Todos se arrimaron a socorrerle y consolarle.

      - Nada, nada, no ha sido nada. Mira tu cuerpo, no te sale sangre, no se te ha perdido el pico,  ves, es qué siempre has sido un poco quejica, le decía un colibrí, si yo fuera tan grande como tu, me daría vergüenza llorar.
      Pero el águila le dijo: “Nakkadu, por favor no te muevas, creo que en tu caída te has roto un ala”.
      - No me digas eso, si me he roto un ala, no podré regresar al poblado y avisar a Nusa de que no he sido capaz de encontrar a Sert, el niño travieso.
      En aquel momento, comenzaron a oírse unos gritos desde el interior de la selva:
       Nakkadu, Nakkadu!, ¿dónde estás?,  Nakkadu por favor contéstame.
      Era la voz de un niño.

 Nakkadu les dijo a todos los que allí estaban con él: ¿habéis oído?
     
-  ¡Sí!, contestaron todos al unísono.
     
- Es la voz de un niño, dijo el águila.

      En aquel momento un rayo cayó sobre la selva, originando un pequeño incendio. Nakkadu, muy asustado, pidió a sus amigos que no le dejaran sólo.
     
Una vez más, se oyó la voz del niño:
 Nakkadu, Nakkadu!,  ¿dónde estás?
     
-  ¡¡Aquí, aquí!! contestó Nakkadu. Y de pronto, entre la espesura del bosque, comenzaron a moverse algunos matorrales y allí apareció él, Sert.
 Cuando Nakkadu le vio, muy contento, le saludó y le dio un fuerte abrazo.                         
     
- Dime,  ¿Dónde estabas? Llevamos todo el día buscándote. Tu madre está muy disgustada y todos los hombres de la tribu han salido a buscarte.
     
- Pues verás, contestó Sert como si fuera a inventar una historia: Estaba yo jugando en la orilla del río y alguien me habló desde atrás, cuando volví la cabeza  para saber quién era, pensé que eras tú. Como Nusa siempre ha dicho que tú eres el pájaro más grande de la selva y que como tú no hay otro igual…, pero cuando me di la vuelta supe que no eras tú, era alguien muy parecido a ti, otro pájaro tan grande como tú.
      -  ¿Otro pájaro tan grande como yo?, contestó Nakkadu.
     
- No existe en toda la selva otro pájaro tan grande como Nakkadu, contestaron los demás.
     
- El pájaro más grande de la selva soy yo, dijo Nakkadu en tono majestuoso.
     
 ¡¡Sí!!, aseguró el águila, si lo sabré yo que estoy todo el día viajando por el aire y nunca he encontrado a ningún otro pájaro tan grande como Nakkadu.
     
De pronto, por detrás de todos ellos, sonó una voz. Era sin duda de un animal tan grande como Nakkadu, pero con voz femenina.
     
- Así que Nakkadu es el pájaro más grande de toda la selva, dijo la voz.
     
- Mira Nakkadu, es ella, dijo Sert.
     
-  ¿Ella?,  ¿quién es ella?, dijo muy confundido Nakkadu, pensando que estaba viendo fantasmas a consecuencia del tremendo porrazo que se había dado.
      Soy Sune, dijo el otro pájaro gigante. He venido aquí para conocerte. Mis padres, cuando era pequeña, me hablaban mucho de ti y de tus padres; ahora desde hace dos años vivo sola y aburrida, así que hace unos días, cuando me desperté, al amanecer, decidí venir a visitarte. Vengo desde Australia y no ha resultado nada fácil encontrarte.
      La tormenta había cesado y la noche había caído sobre toda la selva. Todos los pájaros se disculparon ante Nakkadu: debían marcharse, ya era de noche y como dijo el loro:

”La noche es para los búhos”.

Así que, solos y en medio de la noche, con el cielo totalmente cubierto de nubes y sin que la luna asomase por ningún sitio, tuvieron que tomar una decisión; o bien se quedaban hasta que comenzaran a alumbrar las primeras luces del nuevo día, o bien se marchaban entre la maleza de esa enmarañada selva, llena de peligros; pues aunque tanto Nakkadu como Sune eran muy grandes y lo más probable era que no les atacase ningún otro animal, tenían mucho miedo a la noche.

Ya lo decía el loro:

 “la noche es para los búhos”.

 Pues los búhos tenían la facultad de poder ver en la oscuridad, como los Guri-Guri, pero el resto de sus amigos, los otros pájaros, no veían nada en absoluto.
     
- No os preocupéis, dijo Sert, acaba de ocurrírseme una gran idea, veréis: yo no puedo irme sólo, porque algunos animales podrían atacarme, sin embargo yo veo perfectamente en la oscuridad, recordad que soy de la tribu de los Guri-Guri y nosotros podemos ver aunque no haya luz. Pero si yo me subo en lo alto de la cabeza de Sune, podré ver el camino que tenemos que seguir y ningún otro animal se atreverá a atacarme, así podré guiar la expedición y tu Nakkadu deberás ir en último lugar, para que Sune vaya retirándote las ramas que tú no podrás quitar con tu ala rota.
     
- Me parece muy buena idea, dijo Sune.
     
- Bien, de acuerdo, dijo Nakkadu, pero antes dejadme que descanse un poco y así podréis contarme qué hacíais aquí y cómo os habéis conocido.
     
- Pues verás, dijo Sert, como te he dicho antes, Sune me encontró junto al río, después de charlar un rato me preguntó si te conocía y si sabía cómo encontrarte; le dije que sí, que todos los de mi tribu te conocíamos y éramos amigos tuyos, así que decidí acompañarle hasta tu casa.
     
-  ¿Y qué pasó?, dijo Nakkadu.

      Pues que pedí a Sert que se subiera a mi cuello, dijo Sune y entonces él se agarró muy fuerte a mis plumas, emprendimos el vuelo y cuando ya estábamos muy alto, una fuerte ráfaga de viento nos arrastró hasta aquí, luego comenzó a caer una gran tormenta, con muchos truenos y relámpagos y una lluvia que no dejaba de caer. Las plumas se me mojaron mucho y decidimos esperar hasta que se secaran, lo demás ya lo sabes; vimos como caía un rayo cerca de ti y perdías el equilibrio, cayendo a gran velocidad y dándote un gran porrazo; después vinimos a buscarte y ya estabas aquí con tus amigos, los que arrastraste en tu caída.
     
En cuanto al motivo por el que he venido a verte y por qué se conocían nuestros padres, te lo contaré con más tranquilidad cuando lleguemos.
     
- Bien, dijo Nakkadu, pongámonos en marcha que aún queda mucho camino por recorrer.

      Durante todo este tiempo, la madre de Sert, estuvo llorando y entonando cánticos a los animales de la selva, para que cuidasen de su hijo. También ella y las demás mujeres, cantaban a los animales para que los hombres de la tribu, encontrasen pronto a Sert y no les ocurriese nada a ninguno de ellos.

Nusa, había llegado ya al poblado, muy cansado de la larga caminata y habían hecho una gran hoguera, para que pudiera verse el poblado desde lo lejos y poder calentarse un poco, pues aunque en la selva casi nunca hacía frío, la lluvia había refrescado la noche.
     
De pronto, entre la oscuridad, comenzaron a aparecer siluetas de personas. Eran los hombres que llegaban al poblado, tristes de no haber conseguido encontrar a Sert.
 Nusa  estaba desconcertado, asustado, pues no sólo había desaparecido Sert, sino también su mejor amigo, Nakkadu, y no podía encontrar una explicación. El niño Sert era travieso, pero era muy listo y nunca antes se había perdido y Nakkadu, era con toda probabilidad uno de los animales más fuertes de la selva y de los que mejor conocían el terreno.

¿Cómo era posible que Nakkadu y Sert se hubieran perdido?

Pero claro, Nusa no conocía todavía lo ocurrido, no podía saber que Sert y su mejor amigo se encontraban a salvo y que además ya estaban de vuelta, camino del poblado, y  que al final, lo más probable, era que esa misma mañana todo quedase resuelto.
     
Durante todo este tiempo, Sert, Nakkadu y Sune, la recién llegada, fueron caminando entre matojos y matorrales, escuchando los sobrecogedores sonidos de la selva. Los animales  chillaban a su paso, cada uno de ellos con su quejido particular.  ¿Cuál era el motivo? Quizá todos ellos estaban asustados y chillaban con el fin de espantar a los que pasaban  a su alrededor.
      Sert transmitía las órdenes correspondientes: ¡por aquí!, no, por ahí no vamos bien, cerca de ese árbol hay una charca de arenas movedizas,  ¡ahora, ahora vamos bien!”.
      Sune, a pesar de estar pasando algo de miedo y estar algo apenada por el lío que se había formado a causa de su llegada, se encontraba muy contenta, pues al fin y después de un largo y tortuoso camino, nada menos que desde Australia, estaba ya cerca de Nakkadu, aquel de quien tanto había oído hablar a sus padres y a quien tenía algo que proponer cuando llegaran al poblado y celebraran que todo había salido bien.
     
Por fin llegó la mañana. Todos se habían quedado dormidos. La noche había sido muy larga y con excepción de Nusa y la madre de Sert, los demás estaban en un sueño profundo. Pero ellos no consiguieron más que entrar en un duermevela, con un ojo cerrado y el otro abierto.

Sonó un ruido de arbustos y de un salto la madre de Sert y Nusa se pusieron en pie, no así los demás que continuaron durmiendo, pues el ruido no había sido tan fuerte.
     
-  ¿Has oído algo?, preguntó Nusa a la madre de Sert.
     
- Sí, creo que ha sido por allí.
     
- Eso mismo me ha parecido a mí, dijo Nusa.  ¡¡Mira, mira por allí!!
     
-  ¡¡Son ellos!! Dijo la madre de Sert.
     
- Sí son ellos,  ¡por fin!, pero quién será el otro pájaro. 

¡¡Despertad, despertad todos, ya están aquí!! gritó Nusa mientras la madre de Sert corría a su encuentro.
      Todos se despertaron y, a pesar del sobresalto, la alegría se hizo presente en el poblado. Se oía gritar
       ¡Viva Nakkadu!  ¡Viva Sert!, y rápidamente fueron a saludarles.
      La madre de Sert fue la primera en dar un fuerte abrazo y un beso a su hijo. Después fue Nusa quien saludó a su amigo y regañó suavemente al niño Sert. Y luego todos los demás, el padre de Sert, los hermanos, los amigos y toda la gente del poblado.
      Hicieron una gran fiesta, con asados, pasteles y juegos; curaron el ala rota de Nakkadu y Sune fue presentada a todo el poblado.

Ella pidió que le perdonasen por haber ocasionado todo aquel lío. Después de explicar todo lo ocurrido y entender todos, que lo que había pasado, era culpa en gran parte de la tormenta, saludaron a Sune y le dijeron que ya sería su amiga para siempre y ella contestó que siempre sería amiga de ellos y en especial de Sert, por haber cuidado tan bien de ella y ser un chico tan valiente.
      Más tarde y cuando ya estaban todos más tranquilos, Sune anunció que el motivo  de su visita, era el de quedarse a vivir allí en la selva, junto a ellos y, sobre todo, junto a Nakkadu, por ser ellos dos los únicos ejemplares de pájaro gigante en libertad que quedaban en toda la faz de la tierra. Todos gritaron  ¡¡Vivas!! y Nakkadu se puso muy feliz, ya nunca más estaría sólo y por fin tendría alguien de su especie con quien salir de caza y charlar de sus cosas, quizá algún día hasta podrían tener hijos y repoblar el planeta de pájaros gigantes.
      La tribu de los Guri-Guri prometió que defendería siempre a estos animales y, por qué no, también a los otros, pues todos los animales tienen derecho a vivir en libertad, como nosotros. Desde entonces, cada vez que tenían hambre y necesitaban comer y matar algún cordero o algún cerdo o cualquier otro animal, pedían perdón por tener que comérselo y saboreaban tan exquisito manjar sin dejar ni tirar nada,  porque ya que lo mataban para poder comer, lo menos que podían hacer, era saborear su carne.
     
Años más tarde, Nakkadu y Sune tenían familia numerosa, cinco hijos llegaron a tener. Se enteraron de que en algún lugar de Siberia y de la Patagonia Argentina, sobrevivían aún pájaros gigantes.

Consiguieron ponerse en contacto con ellos y casar a sus hijos y hoy son muchos los pájaros gigantes que habitan sobre la tierra, no se sabe cuántos, pues están tan bien escondidos que nadie ha logrado encontrarlos, sólo los descendientes de Sert, el niño travieso, conocen su paradero y jamás desvelarán el secreto.
      Y así termina esta historia que ocurrió verdaderamente, hace mucho tiempo, en las tierras que baña el río Orinoco, en América del Sur.
                                                  

                                                  Fin

                    Fdo.  Jesús del Pozo Amargo

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