En las
tierras que baña el río Orinoco, en las selvas de Venezuela, América del sur,
había una tribu de indios que se hacían llamar los Guri-Guri. Esta palabra, en
su idioma, significaba gato y a ellos les gustaba llamarse así, porque decían
que podían ver en la completa oscuridad.
Los Guri-Guri eran unos hombres bajitos,
de piel morena, era como si hubieran estado todo el día tomando el sol en la
playa; tenían unas manos y unos pies muy fuertes, con los que subían a los
árboles más altos de la selva. Cazaban y pescaban todo el día y luego, cuando
se hacía de noche, hacían una gran hoguera; comían, cantaban, bailaban y los
hombres más viejos de la tribu contaban bonitas historias.
Ácix, era el hombre más viejo de toda la
tribu y sabía muchas historias.
Aquella
noche al calor de la hoguera, Ácix, comenzó diciendo:
Hace muchos años, cuando ninguno de
vosotros había nacido aún, vivía cerca de aquí el último ejemplar de Nakkadu.
Los Nakkadu eran unos pájaros muy grandes, que comían serpientes, arañas
gigantes y otros animales peligrosos para nosotros los Guri-Guri.
Mi tío Nusa, que era entonces el jefe de
la tribu, tenía un acuerdo con él. Eran muy buenos amigos. Nakkadu, el pájaro
gigante, tenía un gran problema al que no veía solución: sus plumas crecían tan
deprisa, que necesitaba que alguien se las recortase y arreglase una vez al
menos todas las semanas.
Nakkadu, el pájaro gigante y Nusa, el jefe
de la tribu, se conocían desde hacía mucho tiempo, desde que los dos eran pequeños
y jugaban a chapotear en las charcas cercanas al poblado. Así que, un día,
cuando Nakkadu se dio cuenta de que sus
plumas crecían tan deprisa y de que
pesaban tanto que ya no podía volar, fue a hablar con mi tío, con Nusa.
Entonces, los dos ya eran mayores y Nakkadu estaba sólo, sus padres habían caído
en una trampa y habían sido llevados a un zoológico y nunca más se supo de
ellos. Mi tío Nusa era el único amigo que tenía en toda la selva y siempre que
tenía oportunidad iba a verle y a charlar con él. Un día Nakkadu le dijo:
- Nusa, tu y yo somos amigos desde que éramos
pequeños y siempre nos hemos ayudado.
- Claro que sí, le dijo mi tío.
- Pues verás, dijo Nakkadu, ahora tengo un
problema y necesito que tú me ayudes. He observado que mis plumas crecen tanto
y tan deprisa, que ya apenas si puedo volar, voy todo el tiempo chocándome
contra las ramas de los árboles y cuando tengo que aterrizar, me doy cada
porrazo contra el suelo, que tengo todo el cuerpo lleno de cardenales, así que,
quiero proponerte una idea que se me ha ocurrido.
- Pues tú me dirás cómo puedo ayudarte,
dijo Nusa.
- Lo que te propongo, es que un día a la
semana yo os traeré un buen cordero para que hagáis una cena. Después haremos
una fiesta y para finalizar, entre todos los miembros de la tribu me
recortaréis las plumas que no me sirven. A cambio, yo os cazaré todas las
serpientes, arañas, leopardos, jaguares y otros animales peligrosos que estén
rondando por el poblado y que puedan poner en peligro vuestras vidas.
Nusa le dijo, que aunque él era el jefe de
la tribu, le gustaría consultar con todos los Guri-Guri, para ver si estaban de
acuerdo. Así que, una noche, cuando todos estaban reunidos alrededor de la
hoguera, Nusa dijo:
- Quisiera que me dierais vuestra opinión;
Como sabéis, Nakkadu y yo somos muy buenos amigos. Desde hace mucho tiempo nos
hemos ayudado. Hoy le ha tocado a él; me ha pedido que le ayudemos a solucionar
un problema que tiene.
Una
mujer del poblado, que tenía un hijo muy travieso y que se llamaba Sert le
dijo:
¿Y cuál
es el problema que tiene Nakkadu? ¿Cómo
podemos nosotros ayudarle?
Entonces Nusa les explicó: Al contrario
que nosotros los Guri-Guri, Nakkadu tiene plumas en vez de pelos, además,
mientras que a nosotros se nos cae el pelo con la edad, a él lo que le ocurre
es que las plumas le crecen más y más deprisa y últimamente le están creciendo
tanto, que ya no puede volar, porque le pesan demasiado. Cuando tiene que
emprender el vuelo, le cuesta muchísimo mover sus alas, pero todavía es peor
cuando tiene que aterrizar, porque al no poder mover las alas con la misma
rapidez que antes, acaba tropezando con el suelo, estropeando todo cuanto
encuentra a su paso y dándose un tremendo porrazo. De modo que lo que me ha
propuesto, si vosotros aceptáis, es que todos los sábados hagamos una fiesta,
para la que él aportará un cordero y después entre todos le recortaremos las
plumas que le sobran y así podrá continuar volando como siempre. Además, a
cambio, él cazará todas las serpientes y animales que estén cerca del poblado y
puedan suponer un grave riesgo para nuestra seguridad.
La
madre de Sert contestó rápidamente que le parecía muy buena idea, pues siempre
era bueno ayudarse entre amigos y el
resto del poblado gritó:
¡Sí, sí, muy buena idea, podremos hacer una
fiesta todos los sábados al anochecer!
Nakkadu,
que en aquel momento observaba desde lo alto de la montaña, en su nido, no
logró oír con claridad la respuesta del poblado, pero por el alborozo que se
organizó, comprendió de inmediato que la propuesta era aceptada por todos y muy
contento pio y pio hasta perder la voz.
Pasaron tres sábados y todos estaban muy
contentos con el pacto hecho con Nakkadu. Cenaban el cordero a la lumbre,
cantaban y se divertían haciendo bromas a Nakkadu, por lo largas que tenía las
plumas.
Nakkadu
también estaba muy contento, pues ya volaba como siempre lo había hecho: muy
bien, planeando por el cielo azul. Ahora cuando tomaba tierra, lo hacía con
mucha suavidad y sin tocar ni un sólo árbol, ya no se daba porrazos contra el
suelo y había sanado de todas las heridas que se había hecho antes, cuando sus
plumas pesaban tanto.
Pero un día, la madre de Sert, el niño
travieso, estaba muy preocupada. Era la hora de comer y Sert todavía no había
llegado a casa. Cuando ella voceaba por los alrededores del poblado y cerca del
río, se cruzó con Nusa y éste le preguntó:
¿Qué te
ocurre mujer? ¿Por qué das tantas voces?
La
mujer en aquel momento comenzó a llorar, estaba muy asustada y aunque ya conocía
las travesuras de su hijo Sert, aquel día intuía que algo malo ocurría. De modo
que pidió por favor a Nusa, que como jefe de la tribu que era, le ayudase a
encontrar a su hijo. Nusa, que ya tenía muchos años y sabía mucho de la vida,
le dijo:
Ve
tranquila a casa, a cuidar de tus otros hijos y di a tu marido que se reúna con
el resto de los guerreros y que se dividan por la selva, yo iré a buscar a Nakkadu,
para que nos ayude desde lo alto, así, como él verá toda la selva desde arriba,
lo localizará pronto, podrá avisarnos e iremos a por él.
Así lo hizo, y todos los hombres de la
tribu se pusieron inmediatamente en camino y las mujeres comenzaron a entonar
cánticos a los animales de la selva, para que velasen por Sert y le trajeran
sano y salvo al poblado.
Entre
tanto, Nusa comenzó a subir la montaña donde vivía Nakkadu, pero estaba ya muy viejo y sus piernas no eran tan
rápidas como cuando era joven. A pesar de ello, su voluntad, sus ganas de
ayudar a encontrar a Sert, le hacían no desfallecer y continuar su marcha.
Tenía
miedo de no llegar al nido de Nakkadu antes de que anocheciese, pero lo logró,
y cuando llegó, tomó aliento, bebió un poco de agua de la montaña y al mirar a Nakkadu
se dio cuenta de que estaba durmiendo. Nusa sabía por propia experiencia que
cuando Nakkadu se echaba a dormir, lo hacía para muchas horas y no era fácil
despertarlo; de modo que, comenzó a empujar el nido con todas sus fuerzas y a
gritar:
Nakkadu,
Nakkaaaaadu, deeespieerta!
Pero Nakkadu
continuaba profundamente dormido, y otra vez:
Nakkaaaaadu, deeespieerta!
Como no
se despertaba, decidió que lo mejor sería colocarse las manos en la boca y
gritar lo más fuerte que pudiese su nombre. Así lo hizo y Nakkadu dio un gran
salto de su nido y se despertó.
- ¿Qué
ocurre? Le preguntó a Nusa. Me has dado
un susto de muerte.
- Más asustado estoy yo, que se nos está
haciendo de noche y tenemos un problema que resolver. Necesito que me hagas un
favor, dijo Nusa a Nakkadu.
-
Pues claro que sí, para eso somos amigos, dijo Nakkadu a Nusa.
-
Bien, pues siendo así, te contaré lo que pasa: Hace unas horas, el tiempo que
he tardado en llegar hasta aquí, me encontré con la madre de Sert, ya sabes
quién te digo, es el niño más travieso de todo el poblado. Ella, su madre,
estaba muy asustada, gritando el nombre de su hijo por los alrededores del
poblado; me dijo que Sert aún no había llegado a comer. De esto hace ya algunas
horas y como comprenderás tenemos miedo de que le haya ocurrido algo.
- ¿Y
cómo sabes que todavía no ha llegado?, es posible que ya esté en el poblado y
tú, como has tenido que subir hasta aquí, no te hayas enterado.
- No,
si lo hubieran encontrado habrían hecho un fuego y habría podido ver el humo,
dijo Nusa.
- Bien,
no te preocupes que yo lo encontraré, ¿quieres
que te acerque al poblado?
- No,
no, ya estoy demasiado viejo para subir encima de ti y temo no poder agarrarme
a tus plumas con la fuerza de cuando era joven, dijo Nusa.
Así que Nakkadu extendió sus alas y
comenzó a batirlas con fuerza. Primero lentamente y después poco a poco fue
tomando velocidad y elevándose por encima de la monta a. Su aleteo era tan
fuerte, que Nusa tuvo que agarrarse con fuerza a las ramas de un árbol para no
salir volando. Desde lo alto, Nakkadu gritó:
¡Nusa,
no te preocupes, lo traeré sano y salvo!
Nakkadu,
ya en el cielo, planeaba a lo largo y ancho de la selva, los lagos, los
pantanos, los inmensos bosques donde apenas lograba verse el suelo por su
frondosidad. Allí estaba el río Orinoco, con sus afluentes, el Ventuari, el
Gaviare, el Casiquiare y muchos otros. También, junto a él, volaban otros
muchos pájaros, loros, colibríes, águilas, cóndores, pero ninguno tan grande
como él. Era el rey de las alturas y estaba orgulloso de serlo, volaba de forma
majestuosa, mirando por encima a los demás, ninguna otra ave podía elevarse
tanto en el cielo como él, ni podía ser tan veloz.
Habían
pasado dos horas. El cielo comenzaba a oscurecer y poco a poco la noche iba haciéndose presente. Empezó a vocear el
nombre del niño:
Sert, Sert!, gritaba sin cesar; pero Sert no
contestaba, el tiempo pasaba y si se hacía de noche tendría que regresar al
poblado, para comunicar a Nusa que no había logrado encontrar al niño. Muy
apenado decidió volver, cuando de pronto estalló una fuerte tormenta. A Nakkadu
siempre le asustaron las tormentas. Desde que era pequeño se refugiaba entre
las grandes alas de sus padres y ahora, muchos años después, seguían
asustándole las tormentas con sus rayos, sus fuertes truenos y las lluvias
torrenciales que caían en aquellas latitudes selváticas.
En aquel momento, justo cuando giró su
cola para iniciar la vuelta al poblado, un rayo pasó muy cerca de él. Su
trueno, fortísimo, le hizo tambalearse, no lograba controlar el vuelo, perdió
el equilibrio y comenzó a caer en picado. Muy asustado, se dijo así mismo: vaya
porrazo que me voy a dar.
Desde
que llegó al acuerdo con Nusa e hicieron las fiestas de los sábados, él pensaba
que ya nunca más perdería el equilibrio en el aire. Ya no tenía por qué temer
nada. Sus alas, todo su plumaje, se hallaba en perfecto estado para volar; sin
embargo no había previsto tener que volar durante una tormenta.
Cada vez
su caída era más acelerada, iba a tragarse el suelo y no podía hacer nada por
evitarlo. Intentó mover su cola, colocarla de forma horizontal, para así poder
equilibrar su vuelo, pero era imposible. Cuando ya no hubo nada que hacer, se
tapó los ojos con las alas y...
Bumba, bumba, bumba!, tres fuertes porrazos
contra el suelo.
Aún
continuó arrastrando su pesado cuerpo y llevando consigo a su paso doce
árboles, multitud de helechos y varias enredaderas en las que se hallaban
distintos pájaros guareciéndose de la tormenta. Todos protestaron:
¡Pero qué haces! “Es Nakkadu”, dijo un águila que se
encontraba entre ellos.
“Sí es Nakkadu”,
dijo un loro repitiendo la frase dicha por el águila.
Nakkadu,
que era muy quejica, pese a ser tan grande y viejo, comenzó a llorar y
lamentarse.
¡¡Qué golpe, qué golpe!! Decía el pobre Nakkadu.
Todos
se arrimaron a socorrerle y consolarle.
- Nada, nada, no ha sido nada. Mira tu
cuerpo, no te sale sangre, no se te ha perdido el pico, ves, es qué siempre has sido un poco quejica,
le decía un colibrí, si yo fuera tan grande como tu, me daría vergüenza llorar.
Pero el águila le dijo: “Nakkadu, por
favor no te muevas, creo que en tu caída te has roto un ala”.
- No me digas eso, si me he roto un ala,
no podré regresar al poblado y avisar a Nusa de que no he sido capaz de
encontrar a Sert, el niño travieso.
En aquel momento, comenzaron a oírse unos
gritos desde el interior de la selva:
Nakkadu,
Nakkadu!, ¿dónde estás?, Nakkadu por
favor contéstame.
Era la voz de un niño.
Nakkadu les dijo a todos los que allí estaban
con él: ¿habéis oído?
- ¡Sí!, contestaron todos al unísono.
- Es la
voz de un niño, dijo el águila.
En aquel momento un rayo cayó sobre la selva,
originando un pequeño incendio. Nakkadu, muy asustado, pidió a sus amigos que
no le dejaran sólo.
Una vez
más, se oyó la voz del niño:
Nakkadu, Nakkadu!, ¿dónde estás?
- ¡¡Aquí, aquí!! contestó Nakkadu. Y de pronto,
entre la espesura del bosque, comenzaron a moverse algunos matorrales y allí
apareció él, Sert.
Cuando Nakkadu le vio, muy contento, le saludó
y le dio un fuerte abrazo.
-
Dime, ¿Dónde estabas? Llevamos todo el
día buscándote. Tu madre está muy disgustada y todos los hombres de la tribu
han salido a buscarte.
- Pues
verás, contestó Sert como si fuera a inventar una historia: Estaba yo jugando
en la orilla del río y alguien me habló desde atrás, cuando volví la
cabeza para saber quién era, pensé que
eras tú. Como Nusa siempre ha dicho que tú eres el pájaro más grande de la
selva y que como tú no hay otro igual…, pero cuando me di la vuelta supe que no
eras tú, era alguien muy parecido a ti, otro pájaro tan grande como tú.
- ¿Otro
pájaro tan grande como yo?, contestó Nakkadu.
- No
existe en toda la selva otro pájaro tan grande como Nakkadu, contestaron los
demás.
- El
pájaro más grande de la selva soy yo, dijo Nakkadu en tono majestuoso.
¡¡Sí!!, aseguró el águila, si lo sabré yo que
estoy todo el día viajando por el aire y nunca he encontrado a ningún otro
pájaro tan grande como Nakkadu.
De
pronto, por detrás de todos ellos, sonó una voz. Era sin duda de un animal tan
grande como Nakkadu, pero con voz femenina.
- Así
que Nakkadu es el pájaro más grande de toda la selva, dijo la voz.
- Mira Nakkadu,
es ella, dijo Sert.
- ¿Ella?,
¿quién es ella?, dijo muy confundido Nakkadu, pensando que estaba viendo
fantasmas a consecuencia del tremendo porrazo que se había dado.
Soy Sune, dijo el otro pájaro gigante. He
venido aquí para conocerte. Mis padres, cuando era pequeña, me hablaban mucho
de ti y de tus padres; ahora desde hace dos años vivo sola y aburrida, así que
hace unos días, cuando me desperté, al amanecer, decidí venir a visitarte.
Vengo desde Australia y no ha resultado nada fácil encontrarte.
La tormenta había cesado y la noche había
caído sobre toda la selva. Todos los pájaros se disculparon ante Nakkadu:
debían marcharse, ya era de noche y como dijo el loro:
”La
noche es para los búhos”.
Así
que, solos y en medio de la noche, con el cielo totalmente cubierto de nubes y
sin que la luna asomase por ningún sitio, tuvieron que tomar una decisión; o
bien se quedaban hasta que comenzaran a alumbrar las primeras luces del nuevo
día, o bien se marchaban entre la maleza de esa enmarañada selva, llena de
peligros; pues aunque tanto Nakkadu como Sune eran muy grandes y lo más
probable era que no les atacase ningún otro animal, tenían mucho miedo a la
noche.
Ya lo
decía el loro:
“la noche es para los búhos”.
Pues los búhos tenían la facultad de poder ver
en la oscuridad, como los Guri-Guri, pero el resto de sus amigos, los otros
pájaros, no veían nada en absoluto.
- No os
preocupéis, dijo Sert, acaba de ocurrírseme una gran idea, veréis: yo no puedo
irme sólo, porque algunos animales podrían atacarme, sin embargo yo veo
perfectamente en la oscuridad, recordad que soy de la tribu de los Guri-Guri y
nosotros podemos ver aunque no haya luz. Pero si yo me subo en lo alto de la
cabeza de Sune, podré ver el camino que tenemos que seguir y ningún otro animal
se atreverá a atacarme, así podré guiar la expedición y tu Nakkadu deberás ir
en último lugar, para que Sune vaya retirándote las ramas que tú no podrás
quitar con tu ala rota.
- Me
parece muy buena idea, dijo Sune.
- Bien,
de acuerdo, dijo Nakkadu, pero antes dejadme que descanse un poco y así podréis
contarme qué hacíais aquí y cómo os habéis conocido.
- Pues
verás, dijo Sert, como te he dicho antes, Sune me encontró junto al río,
después de charlar un rato me preguntó si te conocía y si sabía cómo
encontrarte; le dije que sí, que todos los de mi tribu te conocíamos y éramos
amigos tuyos, así que decidí acompañarle hasta tu casa.
- ¿Y qué pasó?, dijo Nakkadu.
Pues que pedí a Sert que se subiera a mi
cuello, dijo Sune y entonces él se agarró muy fuerte a mis plumas, emprendimos
el vuelo y cuando ya estábamos muy alto, una fuerte ráfaga de viento nos arrastró
hasta aquí, luego comenzó a caer una gran tormenta, con muchos truenos y
relámpagos y una lluvia que no dejaba de caer. Las plumas se me mojaron mucho y
decidimos esperar hasta que se secaran, lo demás ya lo sabes; vimos como caía
un rayo cerca de ti y perdías el equilibrio, cayendo a gran velocidad y dándote
un gran porrazo; después vinimos a buscarte y ya estabas aquí con tus amigos,
los que arrastraste en tu caída.
En
cuanto al motivo por el que he venido a verte y por qué se conocían nuestros
padres, te lo contaré con más tranquilidad cuando lleguemos.
- Bien,
dijo Nakkadu, pongámonos en marcha que aún queda mucho camino por recorrer.
Durante todo este tiempo, la madre de
Sert, estuvo llorando y entonando cánticos a los animales de la selva, para que
cuidasen de su hijo. También ella y las demás mujeres, cantaban a los animales
para que los hombres de la tribu, encontrasen pronto a Sert y no les ocurriese
nada a ninguno de ellos.
Nusa,
había llegado ya al poblado, muy cansado de la larga caminata y habían hecho
una gran hoguera, para que pudiera verse el poblado desde lo lejos y poder
calentarse un poco, pues aunque en la selva casi nunca hacía frío, la lluvia
había refrescado la noche.
De
pronto, entre la oscuridad, comenzaron a aparecer siluetas de personas. Eran
los hombres que llegaban al poblado, tristes de no haber conseguido encontrar a
Sert.
Nusa
estaba desconcertado, asustado, pues no sólo había desaparecido Sert,
sino también su mejor amigo, Nakkadu, y no podía encontrar una explicación. El
niño Sert era travieso, pero era muy listo y nunca antes se había perdido y Nakkadu,
era con toda probabilidad uno de los animales más fuertes de la selva y de los
que mejor conocían el terreno.
¿Cómo
era posible que Nakkadu y Sert se hubieran perdido?
Pero
claro, Nusa no conocía todavía lo ocurrido, no podía saber que Sert y su mejor
amigo se encontraban a salvo y que además ya estaban de vuelta, camino del
poblado, y que al final, lo más
probable, era que esa misma mañana todo quedase resuelto.
Durante
todo este tiempo, Sert, Nakkadu y Sune, la recién llegada, fueron caminando
entre matojos y matorrales, escuchando los sobrecogedores sonidos de la selva.
Los animales chillaban a su paso, cada
uno de ellos con su quejido particular. ¿Cuál
era el motivo? Quizá todos ellos estaban asustados y chillaban con el fin de
espantar a los que pasaban a su
alrededor.
Sert transmitía las órdenes correspondientes:
¡por aquí!, no, por ahí no vamos bien, cerca de ese árbol hay una charca de
arenas movedizas, ¡ahora, ahora vamos
bien!”.
Sune, a pesar de estar pasando algo de
miedo y estar algo apenada por el lío que se había formado a causa de su
llegada, se encontraba muy contenta, pues al fin y después de un largo y
tortuoso camino, nada menos que desde Australia, estaba ya cerca de Nakkadu,
aquel de quien tanto había oído hablar a sus padres y a quien tenía algo que
proponer cuando llegaran al poblado y celebraran que todo había salido bien.
Por fin
llegó la mañana. Todos se habían quedado dormidos. La noche había sido muy
larga y con excepción de Nusa y la madre de Sert, los demás estaban en un sueño
profundo. Pero ellos no consiguieron más que entrar en un duermevela, con un
ojo cerrado y el otro abierto.
Sonó un
ruido de arbustos y de un salto la madre de Sert y Nusa se pusieron en pie, no
así los demás que continuaron durmiendo, pues el ruido no había sido tan
fuerte.
- ¿Has oído algo?, preguntó Nusa a la madre de
Sert.
- Sí,
creo que ha sido por allí.
- Eso
mismo me ha parecido a mí, dijo Nusa. ¡¡Mira,
mira por allí!!
- ¡¡Son ellos!! Dijo la madre de Sert.
- Sí
son ellos, ¡por fin!, pero quién será el
otro pájaro.
¡¡Despertad,
despertad todos, ya están aquí!! gritó Nusa mientras la madre de Sert corría a
su encuentro.
Todos se despertaron y, a pesar del
sobresalto, la alegría se hizo presente en el poblado. Se oía gritar
¡Viva Nakkadu!
¡Viva Sert!, y rápidamente fueron a saludarles.
La madre de Sert fue la primera en dar un
fuerte abrazo y un beso a su hijo. Después fue Nusa quien saludó a su amigo y
regañó suavemente al niño Sert. Y luego todos los demás, el padre de Sert, los
hermanos, los amigos y toda la gente del poblado.
Hicieron una gran fiesta, con asados,
pasteles y juegos; curaron el ala rota de Nakkadu y Sune fue presentada a todo
el poblado.
Ella
pidió que le perdonasen por haber ocasionado todo aquel lío. Después de
explicar todo lo ocurrido y entender todos, que lo que había pasado, era culpa
en gran parte de la tormenta, saludaron a Sune y le dijeron que ya sería su
amiga para siempre y ella contestó que siempre sería amiga de ellos y en
especial de Sert, por haber cuidado tan bien de ella y ser un chico tan valiente.
Más tarde y cuando ya estaban todos más
tranquilos, Sune anunció que el motivo
de su visita, era el de quedarse a vivir allí en la selva, junto a ellos
y, sobre todo, junto a Nakkadu, por ser ellos dos los únicos ejemplares de
pájaro gigante en libertad que quedaban en toda la faz de la tierra. Todos
gritaron ¡¡Vivas!! y Nakkadu se puso muy
feliz, ya nunca más estaría sólo y por fin tendría alguien de su especie con
quien salir de caza y charlar de sus cosas, quizá algún día hasta podrían tener
hijos y repoblar el planeta de pájaros gigantes.
La tribu de los Guri-Guri prometió que
defendería siempre a estos animales y, por qué no, también a los otros, pues
todos los animales tienen derecho a vivir en libertad, como nosotros. Desde
entonces, cada vez que tenían hambre y necesitaban comer y matar algún cordero
o algún cerdo o cualquier otro animal, pedían perdón por tener que comérselo y
saboreaban tan exquisito manjar sin dejar ni tirar nada, porque ya que lo mataban para poder comer, lo
menos que podían hacer, era saborear su carne.
Años
más tarde, Nakkadu y Sune tenían familia numerosa, cinco hijos llegaron a
tener. Se enteraron de que en algún lugar de Siberia y de la Patagonia
Argentina, sobrevivían aún pájaros gigantes.
Consiguieron
ponerse en contacto con ellos y casar a sus hijos y hoy son muchos los pájaros
gigantes que habitan sobre la tierra, no se sabe cuántos, pues están tan bien
escondidos que nadie ha logrado encontrarlos, sólo los descendientes de Sert,
el niño travieso, conocen su paradero y jamás desvelarán el secreto.
Y así termina esta historia que ocurrió
verdaderamente, hace mucho tiempo, en las tierras que baña el río Orinoco, en
América del Sur.
Fin
Fdo.
Jesús del Pozo Amargo
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