Cayra, era una niña rubia, de pelo muy largo y suave; le gustaba correr, saltar y que su pelo se meciese hacia un lado y hacia otro.
Todos los días lavaba su pelo, lo peinaba frente al espejo y como la madrastra del cuento de “Blancanieves” que tanto le gustaba, le preguntaba:
-Dime Espejito mío, ¿Quién es la más guapa de mi colegio?
Pero claro el espejo nunca le contestaba; todos los niños saben que los espejos no hablan, así que ella se contestaba cambiando la voz:
- ¡La más guapa eres tu Cayra!
Una tarde, cuando llegó del colegio, su madre le pidió que le ayudase a tender la ropa; pero Cayra que no era una niña muy obediente, protestó diciendo:
-¡Qué te ayude Celso, que siempre me toca a mí!
Celso, era su hermano pequeño, quien de verdad ayudaba en las tareas de la casa; así que su madre castigó a Cayra sin salir de su cuarto, obligándole a estudiar aquello que más le fastidiaba y advirtiéndole que más tarde le preguntaría para haber si había estudiado.
Para Cayra no podía existir peor castigo que ese, además de no permitir que saliera de su cuarto, luego tendría que demostrar que el tiempo que había estado encerrada había estado estudiando; de modo que Cayra muy enfadada por todo ello y por no poder ver ese día los dibujos animados que tanto le gustaban, subió a su cuarto y en vez de estudiar, se puso a mirarse en el espejo mientras se cepillaba su largo y suave pelo rubio, preguntándole como siempre, quién era la niña más guapa de su colegio y cambiando la voz ella misma se contestaba:
-¡Tu, Cayra eres tú!
Aquel día, sin apenas darse cuenta, su imagen desapareció del espejo; incrédula cerró los ojos, tres segundos más tarde volvió a abrirlos, pero su imagen no estaba allí, había desaparecido. Ya no estaban sus ojos, ni sus orejas, ni su nariz, ni tampoco su largo y sedoso pelo rubio. Su imagen no se reflejaba en el espejo. Cayra no podía creérselo, al fin y al cabo, el espejo era su mejor amigo, a él era a quien le contaba todos sus secretos.
Toda aquella confianza, depositada en aquel trozo de cristal colgado de la pared, para que él, el espejo, le fuera infiel.
Hasta ahora siempre que se colocaba frente a él y sonreía, incluso cuando le hacía confidencias, el espejo le devolvía su imagen.
El espejo era su mejor amigo, cómo podía ser que hoy, precisamente hoy, que estaba castigada en su cuarto, no pudiera tener con quién hablar, ni siquiera con su mejor amigo, su espejo.
Como Cayra no podía creerlo y siempre había sido muy quisquillosa, se acercó lo más que pudo, hasta que su nariz chocó contra el cristal, se asomó por arriba, por abajo, a un lado y a otro, pero ella no aparecía, estaban todos sus libros allí reflejados, su cama, su armario abierto con todos sus vestidos y...¡un cartel! ¿Qué era ese cartel?
Era un cartel que estaba pegado al otro espejo, al espejo de la puerta del armario, no podía leerlo con facilidad, no lo entendía, así que se volvió de espaldas y se acercó al armario, pero el cartel ya no estaba allí, había desaparecido.
¡Pero qué pasaba hoy con los espejos!, ¿Es qué estaban de bromas con ella? O posiblemente estuviera dormida y todo aquello no fuera más que una pesadilla.
Volvió otra vez a su espejo favorito y allí estaba de nuevo el cartel, pegado en el otro espejo, su imagen no, aún no había aparecido, pero el cartel, el que no había conseguido encontrar, ese sí, otra vez estaba allí, reflejado; así que se le ocurrió una idea, si se giraba muy deprisa, al cartel no le daría tiempo a desaparecer, así que contó hasta tres.
Uno... dos... tres... ya, se volvió bruscamente, y nada, otra vez había desaparecido.
Cayra, muy enfadada por todo lo que le estaba ocurriendo, se quedó sentada mirando al espejo, había decidido no hacer nada hasta que el espejo le devolviese su imagen.
De modo que volviendo a pensar, ideó ¡llorar! Eso sí, siempre le daba resultado, con su padre, con su madre, con sus abuelos; siempre que quería algo, lloraba, sabía que así antes o después lo conseguía, no estaba segura de si era porque les daba pena o por lo pesada e insoportable que se ponía con el llanto.
Así que comenzó a llorar, a hacer pucheros y poco a poco, fueron botando lágrimas de sus ojos; acostumbrada como estaba, no le costó demasiado trabajo conseguirlo; desde pequeña se había dado cuenta de que cuando lloras, la gente siente pena de ti y consigues todo lo que quieres; pero aquel día estaba resultando ser demasiado fastidioso, nada parecía salir bien y su espejo, que era quien mejor le conocía, sabía de sus tretas y no se apenó, no le hizo ningún caso.
Cayra que ya tenía los ojos tan colorados, como dos tomates en Agosto y que estaba cansada de llorar, miraba de vez en cuando, a ver si ya se veía reflejada en el espejo, pero no; así que pensó:
-Voy a contar hasta diez y si no me veo, dejo de llorar. Y empezó a contar:
Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho y en esto, de pronto, oyó una voz que le decía:
-¡Cayra!, ¡Cayra!, eres la niña más desobediente y presumida de todo tu colegio.
Cayra muy asustada, abrió los ojos, dejó de llorar, miró al espejo y allí reflejado en el espejo de la puerta del armario, volvió a ver el cartel; como había oído una voz y estaba asustada, no tuvo valor a darse la vuelta, así que miró atentamente al cartel y decía:
AMAM UT A OSAC ZAH
-Ella que era muy lista, pensó que el espejo hablaba un idioma que no conocía; por fin descubría que los espejos sí hablaban, sólo que nadie había conseguido aprender su idioma y por eso nadie podía hablar con ellos.
De modo, que rápidamente se puso a pensar cómo podría ella aprenderlo. Seguramente en ningún sitio podían enseñarle, lo único que podía hacer era coger su libro de lenguaje y ojearlo para comprobar si decía algo a cerca de aquel idioma tan extraño.
Después de repasarlo en dos ocasiones, decidió mirar en otros cuadernos, quizá allí habría algo, pero no encontró nada.
Sólo había una forma de encontrar referencias a ese idioma, la enciclopedia, allí, allí se encontraban todos los conocimientos; ojeo y ojeo, pasó de la “A” a la ”Z” sin conseguir encontrar nada, que pudiera tener alguna relación con el idioma de los espejos.
Cansada de tanto estudiar, se quedó dormida sobre su cama, había copiado aquel mensaje en una hoja de papel, pegándolo después en el otro espejo, para así poder buscar cada una de esas palabras y comenzó a soñar.
En su sueño, empezó a aparecer deforma borrosa:
¡AMAM!, ¡AMAM!..., aquello le sonaba a un idioma diferente del que ella conocía, no conseguía entender nada; sin saber cómo, Cayra estaba ahora caminando por las dunas del desierto, hacía un calor insoportable. Varios camellos caminaban lentamente por el horizonte, en fila de a uno; algo más hacia el oeste, donde se ponía el sol, se divisaban en el cielo, formando círculo, un grupo de buitres; probablemente allí hubiera algún animal que estuviera muriendo, ¡por eso, por eso estaban volando allí los buitres! Justo detrás se hacia la oscuridad, o quizá no, quizá era otra cosa; minutos más tarde comprobó que no era la oscuridad, era una gran tormenta de arena que se acercaba hacia ella formando gigantescos remolinos; pero...
-¿dónde podría ella meterse? ¿Cómo podría guarecerse de aquel fuerte viento?, que sin duda era capaz de arrastrarla por el desierto sin saber dónde llegaría.
Cuando ya era imposible librarse de aquella zambullida, se despertó sobresaltada, con la respiración agitada, su pelo enmarañado, sus ojos de niña recién levantada, colorados y su nariz roja.
Fue inmediatamente a mirarse en su espejo favorito; en aquel momento no recordaba que estaba algo enfadada con él, estaba confundida por la pesadilla y su brusquedad al despertar y justo cuando estaba allí, vio el cartel que había pegado en el otro espejo, en el del armario, el que copió para poder buscar en la enciclopedia y en sus cuadernos de lenguaje, decía:
HAZ CASO A TU MAMA.
Se asustó muchísimo, porque creía que el espejo había cambiado las palabras y las letras que ella había escrito.
Con algo de desconfianza se dio la vuelta y allí, en el espejo del armario, estaba el cartel pegado, tal y como ella recordaba haberlo dejado antes de quedarse dormida, sin embargo, las palabras y letras allí escritas no eran las mismas que en su espejo favorito.
Se quedó pensativa, mirando a la pared, a un poster de un famoso y guapo cantante que le gustaba, pero sin verlo en realidad, estaba intentando comprender qué ocurría, por qué no lograba comprender, que el cartel, en un espejo dijera una cosa y en el otro no.
Cuando ella se miraba en el espejo y estaba despeinada, en el otro espejo, en el del armario, continuaba estando despeinada, el espejo no le devolvía la imagen de una niña perfectamente arreglada, si en realidad no lo estaba.
Después de un largo rato, comprendió que todo era mucho más sencillo y que lo único que pasaba es que los espejos, siempre dan la imagen al revés, siempre devuelven las cosas al revés de como las miramos.
En aquel momento su mamá subió a su cuarto, llamó a la puerta y...
-¿Cayra, has terminado de estudiar?
- Pasa mamá está abierto, contestó Cayra.
Su mamá pasó y le preguntó que si había estudiado lenguaje, que era la asignatura que menos le gustaba a Cayra. Cayra le dijo que sí, y vaya si había estudiado, toda la tarde, hasta quedarse dormida de cansancio.
Entonces su mamá, le dio dos besos, le perdonó, le dijo que le quería mucho y que bajara a cenar, que le había preparado la tarta de manzana que a ella tanto le gustaba.
Cayra contestó con otros dos besos y cuando su mamá bajaba a la cocina, ella le dijo a su espejo favorito:
Espejito ¿quién es la más buena de las mamás?
Y el espejito apiadado de ella le contestó:
- La tuya Cayra , tu mamá es la más buena de todas y en aquel momento, el espejo, por fin le devolvió su imagen más bonita, recién peinada, con su largo y suave pelo rubio y su graciosilla cara pecosa con nariz respingona.
Fin
Cayra, era una niña rubia, de pelo muy largo y suave; le gustaba correr, saltar y que su pelo se meciese hacia un lado y hacia otro.
Todos los días lavaba su pelo, lo peinaba frente al espejo y como la madrastra del cuento de “Blancanieves” que tanto le gustaba, le preguntaba:
-Dime Espejito mío, ¿Quién es la más guapa de mi colegio?
Pero claro el espejo nunca le contestaba; todos los niños saben que los espejos no hablan, así que ella se contestaba cambiando la voz:
- ¡La más guapa eres tu Cayra!
Una tarde, cuando llegó del colegio, su madre le pidió que le ayudase a tender la ropa; pero Cayra que no era una niña muy obediente, protestó diciendo:
-¡Qué te ayude Celso, que siempre me toca a mí!
Celso, era su hermano pequeño, quien de verdad ayudaba en las tareas de la casa; así que su madre castigó a Cayra sin salir de su cuarto, obligándole a estudiar aquello que más le fastidiaba y advirtiéndole que más tarde le preguntaría para haber si había estudiado.
Para Cayra no podía existir peor castigo que ese, además de no permitir que saliera de su cuarto, luego tendría que demostrar que el tiempo que había estado encerrada había estado estudiando; de modo que Cayra muy enfadada por todo ello y por no poder ver ese día los dibujos animados que tanto le gustaban, subió a su cuarto y en vez de estudiar, se puso a mirarse en el espejo mientras se cepillaba su largo y suave pelo rubio, preguntándole como siempre, quién era la niña más guapa de su colegio y cambiando la voz ella misma se contestaba:
-¡Tu, Cayra eres tú!
Aquel día, sin apenas darse cuenta, su imagen desapareció del espejo; incrédula cerró los ojos, tres segundos más tarde volvió a abrirlos, pero su imagen no estaba allí, había desaparecido. Ya no estaban sus ojos, ni sus orejas, ni su nariz, ni tampoco su largo y sedoso pelo rubio. Su imagen no se reflejaba en el espejo. Cayra no podía creérselo, al fin y al cabo, el espejo era su mejor amigo, a él era a quien le contaba todos sus secretos.
Toda aquella confianza, depositada en aquel trozo de cristal colgado de la pared, para que él, el espejo, le fuera infiel.
Hasta ahora siempre que se colocaba frente a él y sonreía, incluso cuando le hacía confidencias, el espejo le devolvía su imagen.
El espejo era su mejor amigo, cómo podía ser que hoy, precisamente hoy, que estaba castigada en su cuarto, no pudiera tener con quién hablar, ni siquiera con su mejor amigo, su espejo.
Como Cayra no podía creerlo y siempre había sido muy quisquillosa, se acercó lo más que pudo, hasta que su nariz chocó contra el cristal, se asomó por arriba, por abajo, a un lado y a otro, pero ella no aparecía, estaban todos sus libros allí reflejados, su cama, su armario abierto con todos sus vestidos y...¡un cartel! ¿Qué era ese cartel?
Era un cartel que estaba pegado al otro espejo, al espejo de la puerta del armario, no podía leerlo con facilidad, no lo entendía, así que se volvió de espaldas y se acercó al armario, pero el cartel ya no estaba allí, había desaparecido.
¡Pero qué pasaba hoy con los espejos!, ¿Es qué estaban de bromas con ella? O posiblemente estuviera dormida y todo aquello no fuera más que una pesadilla.
Volvió otra vez a su espejo favorito y allí estaba de nuevo el cartel, pegado en el otro espejo, su imagen no, aún no había aparecido, pero el cartel, el que no había conseguido encontrar, ese sí, otra vez estaba allí, reflejado; así que se le ocurrió una idea, si se giraba muy deprisa, al cartel no le daría tiempo a desaparecer, así que contó hasta tres.
Uno... dos... tres... ya, se volvió bruscamente, y nada, otra vez había desaparecido.
Cayra, muy enfadada por todo lo que le estaba ocurriendo, se quedó sentada mirando al espejo, había decidido no hacer nada hasta que el espejo le devolviese su imagen.
De modo que volviendo a pensar, ideó ¡llorar! Eso sí, siempre le daba resultado, con su padre, con su madre, con sus abuelos; siempre que quería algo, lloraba, sabía que así antes o después lo conseguía, no estaba segura de si era porque les daba pena o por lo pesada e insoportable que se ponía con el llanto.
Así que comenzó a llorar, a hacer pucheros y poco a poco, fueron botando lágrimas de sus ojos; acostumbrada como estaba, no le costó demasiado trabajo conseguirlo; desde pequeña se había dado cuenta de que cuando lloras, la gente siente pena de ti y consigues todo lo que quieres; pero aquel día estaba resultando ser demasiado fastidioso, nada parecía salir bien y su espejo, que era quien mejor le conocía, sabía de sus tretas y no se apenó, no le hizo ningún caso.
Cayra que ya tenía los ojos tan colorados, como dos tomates en Agosto y que estaba cansada de llorar, miraba de vez en cuando, a ver si ya se veía reflejada en el espejo, pero no; así que pensó:
-Voy a contar hasta diez y si no me veo, dejo de llorar. Y empezó a contar:
Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho y en esto, de pronto, oyó una voz que le decía:
-¡Cayra!, ¡Cayra!, eres la niña más desobediente y presumida de todo tu colegio.
Cayra muy asustada, abrió los ojos, dejó de llorar, miró al espejo y allí reflejado en el espejo de la puerta del armario, volvió a ver el cartel; como había oído una voz y estaba asustada, no tuvo valor a darse la vuelta, así que miró atentamente al cartel y decía:
AMAM UT A OSAC ZAH
-Ella que era muy lista, pensó que el espejo hablaba un idioma que no conocía; por fin descubría que los espejos sí hablaban, sólo que nadie había conseguido aprender su idioma y por eso nadie podía hablar con ellos.
De modo, que rápidamente se puso a pensar cómo podría ella aprenderlo. Seguramente en ningún sitio podían enseñarle, lo único que podía hacer era coger su libro de lenguaje y ojearlo para comprobar si decía algo a cerca de aquel idioma tan extraño.
Después de repasarlo en dos ocasiones, decidió mirar en otros cuadernos, quizá allí habría algo, pero no encontró nada.
Sólo había una forma de encontrar referencias a ese idioma, la enciclopedia, allí, allí se encontraban todos los conocimientos; ojeo y ojeo, pasó de la “A” a la ”Z” sin conseguir encontrar nada, que pudiera tener alguna relación con el idioma de los espejos.
Cansada de tanto estudiar, se quedó dormida sobre su cama, había copiado aquel mensaje en una hoja de papel, pegándolo después en el otro espejo, para así poder buscar cada una de esas palabras y comenzó a soñar.
En su sueño, empezó a aparecer deforma borrosa:
¡AMAM!, ¡AMAM!..., aquello le sonaba a un idioma diferente del que ella conocía, no conseguía entender nada; sin saber cómo, Cayra estaba ahora caminando por las dunas del desierto, hacía un calor insoportable. Varios camellos caminaban lentamente por el horizonte, en fila de a uno; algo más hacia el oeste, donde se ponía el sol, se divisaban en el cielo, formando círculo, un grupo de buitres; probablemente allí hubiera algún animal que estuviera muriendo, ¡por eso, por eso estaban volando allí los buitres! Justo detrás se hacia la oscuridad, o quizá no, quizá era otra cosa; minutos más tarde comprobó que no era la oscuridad, era una gran tormenta de arena que se acercaba hacia ella formando gigantescos remolinos; pero...
-¿dónde podría ella meterse? ¿Cómo podría guarecerse de aquel fuerte viento?, que sin duda era capaz de arrastrarla por el desierto sin saber dónde llegaría.
Cuando ya era imposible librarse de aquella zambullida, se despertó sobresaltada, con la respiración agitada, su pelo enmarañado, sus ojos de niña recién levantada, colorados y su nariz roja.
Fue inmediatamente a mirarse en su espejo favorito; en aquel momento no recordaba que estaba algo enfadada con él, estaba confundida por la pesadilla y su brusquedad al despertar y justo cuando estaba allí, vio el cartel que había pegado en el otro espejo, en el del armario, el que copió para poder buscar en la enciclopedia y en sus cuadernos de lenguaje, decía:
HAZ CASO A TU MAMA.
Se asustó muchísimo, porque creía que el espejo había cambiado las palabras y las letras que ella había escrito.
Con algo de desconfianza se dio la vuelta y allí, en el espejo del armario, estaba el cartel pegado, tal y como ella recordaba haberlo dejado antes de quedarse dormida, sin embargo, las palabras y letras allí escritas no eran las mismas que en su espejo favorito.
Se quedó pensativa, mirando a la pared, a un poster de un famoso y guapo cantante que le gustaba, pero sin verlo en realidad, estaba intentando comprender qué ocurría, por qué no lograba comprender, que el cartel, en un espejo dijera una cosa y en el otro no.
Cuando ella se miraba en el espejo y estaba despeinada, en el otro espejo, en el del armario, continuaba estando despeinada, el espejo no le devolvía la imagen de una niña perfectamente arreglada, si en realidad no lo estaba.
Después de un largo rato, comprendió que todo era mucho más sencillo y que lo único que pasaba es que los espejos, siempre dan la imagen al revés, siempre devuelven las cosas al revés de como las miramos.
En aquel momento su mamá subió a su cuarto, llamó a la puerta y...
-¿Cayra, has terminado de estudiar?
- Pasa mamá está abierto, contestó Cayra.
Su mamá pasó y le preguntó que si había estudiado lenguaje, que era la asignatura que menos le gustaba a Cayra. Cayra le dijo que sí, y vaya si había estudiado, toda la tarde, hasta quedarse dormida de cansancio.
Entonces su mamá, le dio dos besos, le perdonó, le dijo que le quería mucho y que bajara a cenar, que le había preparado la tarta de manzana que a ella tanto le gustaba.
Cayra contestó con otros dos besos y cuando su mamá bajaba a la cocina, ella le dijo a su espejo favorito:
Espejito ¿quién es la más buena de las mamás?
Y el espejito apiadado de ella le contestó:
- La tuya Cayra , tu mamá es la más buena de todas y en aquel momento, el espejo, por fin le devolvió su imagen más bonita, recién peinada, con su largo y suave pelo rubio y su graciosilla cara pecosa con nariz respingona.
Fin
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