sábado, 20 de abril de 2013

LA OLA




Debió ser una tarde de verano, cuando Anur, una niña de pelo rojo y rizado, con ojos azul mar y pecas en su rostro, cansada de dormir la siesta, decidió levantarse de la cama y con mucho sigilo, caminando descalza y de puntillas para no hacer ruido y no despertar a su familia, cogió su bañador, sus gafas de buceo y sus chanclas. Bajó lentamente las escaleras de su casa, cruzó la calle, no sin antes mirar a ambos lados y una vez allí, en la playa, con la fina arena colándose por entre los dedos de los pies, miró al mar. De pronto, notó que sus pies se quemaban; el sol había calentado hasta quemar cada uno de los granos de arena. Saltó, escarbó con los pies hasta encontrar arena fresca y se puso sus chanclas.

Las olas iban y venían dejando una alfombra de espuma blanca. Continuó paseando por la playa. Cada vez las olas eran más grandes y su alfombra de blanca espuma llegaba más lejos. A veces los pies de Anur se mojaban y a ella le encantaba. Le hacía cosquillas en los dedos.

Estaba mirando las olas y le parecía escuchar entre el ruido que hacían al  chocar contra la arena, una voz que le decía:

-  ¡Hola... Anur! ¿Has venido a vernos?

Pero ella no contestaba, estaba convencida de que sólo las personas podían hablar. Volvió otra ola y esta vez creyó oír lo mismo. Se decía a sí misma:

 ¡Qué tontería, si las olas no hablan! ¡Ahí, ahí viene otra! Y esta vez ella prestó más atención. Hasta se puso la mano en la oreja para poder oír mejor. Y la ola dijo:

- ¡Hola, Anur! ¿Has venido a vernos?, ¡Anda ven, te estamos esperando!


Esta vez sí, esta vez estaba segura de que lo había oído. Y mirando alrededor para ver si alguien la veía, gritó:

- ¿Qué queréis?, No os he entendido.


- ¡Ven, te estamos esperando!, dijo la ola.

Así que Anur se acercó un poco más. Y la ola repitió:

- ¡Ven acércate!

Anur continuó acercándose, metiéndose más hacia el mar. Y cuando la ola la tuvo a su alcance, cuando vio que podría cogerla y balancearla sobre sí, y voltearla, la cogió, la elevó por encima de su lomo de espuma blanca y como si estuviera haciendo surf la paseó por toda la playa, arriba y abajo.

Pero cuando hubo de depositarla sobre la arena, la ola, algo malvada, decidió llevársela mar adentro. Era la primera vez que una ola hacía esto. Todos los barcos saludaban a su paso: ¡buhhhh, buhhhh!

Ella había perdido el miedo, ya no temblaba sobre su lomo de espuma blanca, ni lloraba, reía. Era feliz, saludaba a los marineros:

¡Hola, marinero!
 Llegó a cruzarse con un porta-aviones de la armada, con sus cañones apuntándola, sus helicópteros sobre cubierta y el almirante saludó por su altavoz:

 ¡Adiós, Anur!

Y los marineros gritaron al unísono: ¡Ahí va Anur, la chica más guapa que surca los mares!

El pelo de Anur ondeaba al viento y una manada de delfines saltaba a su lado. Todos iban contentos por ir al lado de Anur, “La princesa de las olas”. Una ballena le obsequió con un resoplido y una bandada de patos, como los que había en el parque de su barrio, junto a la laguna artificial, volaban por encima de ella. Bajaron un poco para saludarla y ella les dijo que si veían a su mamá le dieran un saludo y que no se preocupase por ella, que era muy feliz.


A lo lejos se divisaba una gran estatua. Creyó haberla visto alguna vez en una película. Más de cerca, reconoció que era la Estatua de la Libertad, ¡Nueva York!, gritó, y todos los habitantes de la ciudad salieron a saludarla a la bahía.

De pronto, vio venir hacia ella un inmenso barco. Asustada, intentó salvar el obstáculo. No pudo, y cuando el barco estaba a punto de chocar contra ella... En ese momento de confusión, abrió los ojos y su madre estaba allí:

- ¡Anur, Anur!, ¿qué te pasa?, ¿una pesadilla?

Pero Anur nunca supo si aquello fue un simple sueño u ocurrió de verdad, ni recordaba qué le ocurrió después de que el barco estuviera a punto de chocar con ella.


Lo cierto es que cuando se levantó de la siesta, sus pies aún estaban mojados y con arena entre los dedos.



                                        FIN                                                                        
                           20 de junio de 1997




LA LINTERNA


-¿Dónde vas, Monky?, preguntó su madre cuando él se disponía a salir.

-Voy a jugar con Anselmo mamá.

A Monky no le gustaba dar demasiadas explicaciones de qué iba o no a hacer cuando salía de casa; así que sólo dijo que iba a jugar con Anselmo, pero la verdad era que estaba trabajando junto con sus amigos en la construcción de un nuevo invento.

Monky y su inseparable amigo Anselmo habían ido de excursión hacía algunos días con el colegio, una de esas excursiones que se hacen al campo para buscar fósiles y ver piedras y piedras sin tener demasiado claro cuál es su importancia; lo verdaderamente divertido de estas excursiones era el viaje en autobús, gastando bromas al resto de compañeros de colegio y a las chicas, cantando canciones, y después pasar un agradable día buscando reptiles y otros bichos, en definitiva un poco de aventura campestre.


En el autobús, Adolfo, que era el “pitagorín” de la clase, había estado presumiendo durante todo el viaje de su nuevo juego de ordenador, en el que unos extraterrestres hacían desaparecer a toda la población de ratas de una gran ciudad con su potentísimo “rayo glux”; el “rayo glux” era una especie de rayo láser pero infinitamente más poderoso, casi tan poderoso como la imaginación pueda imaginar, y según Adolfito, que era el nombre por el que le llamaba la profesora Angustias,  era uno de los juegos más divertidos que él conocía. Pero Adolfito no era sólo el “pitagorín” de la clase, ni un niño que se encerrara con su ordenador durante todo el tiempo como si no hubiera otra cosa que hacer; Adolfito sobre todo, era el tercer elemento de esta historia, amigo de Anselmo y Monky, y ciertamente era el niño más estudioso de la clase, parecía saberlo todo y eso era precisamente lo que más atraía a las chicas de su clase, el que siendo un niño estudioso y con buenas notas, supiera mezclarlo con una cierta picardía que no solía ser común en este tipo de chicos.


Una vez que llegaron a destino y bajaron del autobús, recibieron órdenes de qué deberían de hacer en el campo, de cómo buscar los ansiados fósiles y algunos consejos para no correr ningún tipo de peligro; de modo que como siempre los tres se pusieron en camino y como siempre fue Adolfo quien captó tanto las órdenes del profesor, como los consejos, pues ni Anselmo ni Monky solían enterarse de nada y aprovechaban la inteligencia y buena disposición de su amigo Adolfo que a su vez sabía cómo sacar partido a este encargo de su pequeña pandilla.

Anduvieron durante más de una hora por el campo buscando culebras, sapos y lagartijas para después asustar a las chicas, era su inexplicable forma de caerles bien, cuando de pronto Anselmo vio una piedra que al menos a él le pareció muy antigua e interesante.

-¡Adolfo, Adolfo, ven aquí, creo que he encontrado el fósil de una caracola!, gritó casi desesperado Anselmo.

Adolfo parsimonioso, incrédulo del descubrimiento de su amigo, fue a ver qué era aquello que había encontrado y cuando lo tuvo en su mano, sin que apenas hubiesen pasado unos segundos, dijo:
 -¡Que bruto eres Anselmo!, es una chapa de coca-cola pegada a un trozo de cemento, la gente es tan guarra que va dejando porquerías tiradas en el campo y luego llegan otros tan brutos como ellos y creen haber visto el fósil de una caracola en lo que no es más que la chapa de un refresco incrustada a un trozo de cemento.


Poco rato después, Monky, (llamado así desde que un día en clase de Inglés oyó a la profesora decir, que mono en Inglés, se decía Monky y desde entonces él mismo se ha hecho llamar así hasta por su familia), encontró lo que parecían ser, según él,  “pinturas campestres” y como si fuese el hallazgo más importante de la historia, llamó a su amigo:

-¡Adolfo corre, mira lo que he encontrado!

Y Adolfo, como siempre, fue con su parsimonia habitual como si intuyese que aquello no era más que una tontería más de su amigo. Cuando llegó comprobó por sí mismo que lo que Monky creía una pintura rupestre no eran más que señales hechas con algún palo recién quemado y que su antigüedad probablemente se remontaba al domingo pasado. Unos metros más adelante se hallaban unas piedras en forma circular, con carbonilla vegetal en su interior, de lo que hubiera sido una lumbre donde hicieran una rica paella.

-Mira que eres zopenco Monky, no ves que esto no tiene nada que ver con una pintura rupestre, ¡Rupestre!, no campestre como dices tú. Mira ese es el fuego en el que quemaron el palo con el que está hecha esta pintura, por cierto el pintor tampoco debía de ser una lumbrera porque mira que dibujar un camello con tres jorobas, ya hay que ser bruto.


Por ningún lado aparecían las culebras, ni los lagartos, ni los sapos de otros años, sólo basuras, latas de refrescos, colillas, bolsas de plástico, algún paquete de tabaco vacío, pero ni un sólo bicho. Y Adolfo, que era el más sensible en estos temas de todos los chicos del colegio, iba recogiendo todo lo que veía y echándolo en una bolsa que llevaba al efecto en el bolsillo del pantalón, y precisamente una de las guarrerías que encontró y recogió, fue una vieja linterna sin pilas y que aparentemente de nada servía ya. Sus amigos solían reírse de él por esta manía de recoger basuras en el campo, sin embargo sus profesores alababan su gesto y recriminaban a los demás por no seguir su ejemplo.

En una de las ocasiones que Adolfo se agachó para recoger un viejo y vacío paquete de  tabaco, encontró justo a su lado lo que resultó ser un fósil, sin que en ese momento pudiese determinar a qué pertenecía; fue el único fósil encontrado por todo el colegio aquella tarde.
Lo más probable es que aquella zona de campo estuviese ya totalmente consumida y ya no quedasen en ella otra cosa que basuras.


A la vuelta de la excursión y sin ningún bicho con el que asustar a las chicas, jugaron a una guerra de bolas de papel, que hicieron con trozos de un viejo periódico recogido por Adolfo. Entre tanto, y no siendo de su agrado este tipo de juegos que ensuciaban lo que él tenía por costumbre de limpiar, Adolfo hurgó entre lo recogido, recordando que había encontrado una linterna, con algo de óxido en su exterior y cuando la vio en el fondo del saco de basuras le pareció como si ésta estuviese iluminando; rápidamente cerro los ojos y volvió a abrirlos, como si no pudiese creer lo que le parecía haber visto; él mismo había recogido aquella linterna del suelo, él mismo la había metido en el saco y recordaba, no sólo el óxido, sino también que no llevaba pilas; en ningún momento dejó el saco a nadie, ni nadie se lo hubo tocado, además, a ninguno de sus compañeros se les hubiese ocurrido echarle una mano y coger el saco; luego no era ninguna broma y estaba seguro de que la linterna se había encendido; pero era imposible, él sabía que para que la linterna pudiese iluminar era imprescindible que recibiese la energía de una pila o de algún cable a través del cual le llegase electricidad. Después de unos segundos, se convenció de que aquello habría sido un reflejo, una ilusión óptica, quizá  provocada por los intensos rayos solares recibidos durante todo un día de campo.

        En aquel preciso instante recibió un fuerte pelotazo de papel de periódico en la cabeza, su inmediata reacción fue devolver aquel pelotazo a quien se lo hubiese dado, pero había estado tan ensimismado pensando quién y cómo le podría haber gastado la broma de la “linternita” que ahora no sabía a quién pegarle el pelotazo. Se quedó con el brazo levantado y la pelota en la mano, intentando adivinar quién se la había echado, y como ocurre siempre en estos juegos de amigos lo que importa es seguir jugando no devolver el pelotazo a quien te lo haya dado, así que Brenda, una niña de 3º A que estaba coladita por él, fue quien recibió, creo que con agrado el “papelotazo”.

Cuando llegaron de la excursión y Angustias, la “profe de mates”, que además de esto era también la tutora del curso, dijo a sus alumnos que podían ya marcharse a casa, Adolfo, echó la bolsa de basura que con tanta abnegación llenó en el campo, al contenedor de basuras que había frente a la puerta del colegio y se marchó con sus dos amigos a casa. Ya de camino y cuando habían recorrido un largo trecho, Adolfo que no podía dejar de pensar en el reflejo que había recibido de la linterna, decidió que aquella linterna podría tener su interés si conseguía arreglarla  y ponerla en funcionamiento, y les dijo a Anselmo y Monky de la conveniencia de volver a recogerla al contenedor, pero éstos cansados y hambrientos de todo un día de campo, al que no estaban acostumbrados, recriminaron su interés en la linterna, argumentando que ellos ya tenían en casa y que para qué querían un vieja linterna oxidada por el paso del tiempo. Pero Adolfo que era astuto e inteligente, sabía cómo podía convencer a sus amigos de que aquella linterna, no era una simple linterna, probablemente pertenecía a algún espía extranjero que la habría perdido luchando con sus perseguidores, igual que ocurría en las películas que tanto les gustaban a Anselmo y Monky.

 Éstos incrédulos y esperando que fuese otra de las complicadas ideas de su amigo, pero confiando en su inteligencia decidieron volver con él al contenedor.

Rebuscaron entre las basuras que otros vecinos ya habían echado sobre la bolsa de Adolfo y por fin entre todos aquellos desperdicios de cajas de cartón de leche, botellas de plástico y restos de comida que desprendían olores fétidos, encontraron la linterna, la limpiaron de restos de espagueti y tomate que se habían impregnado sobre ella y se la llevaron.


Esa misma noche, cuando Adolfo ya se había metido en su cama para dormir y había dejado la linterna, ya limpia, sobre la mesa del ordenador; una potente luz le despertó de su sueño; sorprendido y asustado se refugió bajo su edredón, pero incluso desde dentro de la cama y tapado con el edredón podía ver aquella potente luz. Decidió que la única forma de averiguar qué era lo que pasaba sería destaparse, levantarse y comprobar qué era aquello, pues aunque siempre le habían gustado las películas de extraterrestres nunca creyó que existieran y no podía pensar que aquello fuese un platillo volante o algo parecido. Se levantó, y nada más estar en pie vio con asombro que la potente luz provenía de la linterna; cogió su pantalón que era la prenda que más a mano tenía, para así asegurarse de que no recibiría ninguna descarga eléctrica; a pesar de estar totalmente convencido de que la linterna no estaba conectada a ningún enchufe, ni tampoco tenía pilas, cogió el pantalón y metiendo su mano por uno de los agujeros de las piernas tomó la linterna con la mano, comprobó que no daba ninguna descarga eléctrica, tampoco estaba conectada a cable alguno y para mayor seguridad, volvió a abrir el compartimento de las pilas que también estaba vacío; de modo qué cómo podía dar luz, además una luz potentísima y amplia, era capaz de iluminar todo cuanto tenía alrededor, tanto por delante como por detrás, sin importar hacía donde se dirigiera. Creyó que lo más conveniente era desconectar el interruptor y así se apagaría; había descubierto una linterna capaz de iluminar sin recibir energía, nadie antes,  por todos los conocimientos que Adolfo poseía, había visto algo igual, al menos en ningún libro  había él leído algo parecido; sabía que esto era algo increíble. Desconectó el interruptor y sorprendentemente, la linterna lejos de apagarse, lo que hizo fue emitir un rayo de luz más potente aún que la luz anterior, sólo que esta vez la luz era direccional, es decir, sólo iluminaba aquello hacia donde se dirigía. Le recordó al juego de ordenador al que había estado jugando últimamente, “el rayo glux”, con el que podían hacerse cosas inimaginables; y como si de ese juego se tratase, pidió que el gato que todas las noches le despertaba con sus maullidos, se quedase mudo y dirigiendo el rayo de la linterna hacia el gato que maullaba en su jardín, éste en aquel preciso momento calló; todavía incrédulo, pensando que era producto de la casualidad, pidió algo más complicado:

-que ahora mismo se apaguen las farolas de mi calle.
Y dirigiendo el rayo de la linterna hacia ellas, éstas de súbito se apagaron.


Tan sorprendido estaba Adolfo de su descubrimiento que fue incapaz de dormir en toda la noche, a cada instante se le ocurrían nuevas cosas que pedir a su rayo, y por complicadas e imposibles que pudieran parecer el rayo siempre conseguía que se hiciesen realidad. Lo que más urgía a Adolfo durante toda la noche era que se hiciese de día, pues aunque estaba disfrutando como nunca, las alegrías no lo son tanto si no se comparten, y él tenía dos amigos con quienes compartir su magnífico “rayo glux”.

Al amanecer, Adolfo, no pudiendo más de cansancio se quedó completamente dormido sobre la cama, y a eso de las ocho y media de la mañana, su madre entró a la habitación para despertarlo; lo encontró totalmente desarropado, con la linterna en la mano y su madre algo extrañada por el hecho se alegró, por fin Adolfo daba muestras de ser un niño como los demás, su madre nunca le había visto jugar con juguetes como los demás niños, siempre pegado a sus libros de cuentos y fantasías, a su ordenador, en el que escribía bonitas historias de aventuras en las que participaba junto a sus amigos.

Cuando Adolfo llegó al lugar de encuentro matinal, una esquina cercana a su casa donde todos los días quedaban los tres amigos, ya estaban allí Anselmo y Monky esperándolo, pues como siempre Adolfo llegaba tarde, era el mayor de sus defectos, la impuntualidad.

-¡Vais a alucinar con mi nuevo descubrimiento!, dijo Adolfo a sus amigos.

Y éstos, que ya estaban acostumbrados a las rarezas de Adolfo, cautivados por conocer el nuevo  hallazgo de su amigo, preguntaron de qué se trataba.


-Recordáis la linterna de ayer, dijo Adolfo.

-Sí claro, contestaron Anselmo y Monky.

-Pues es, cómo lo diría yo, como la lámpara mágica de Aladino, puedes pedirle un deseo y te lo concede, sólo que no tiene genio, ni tampoco tienes que frotarla.

-¡Bien, yupi!, dijeron Anselmo y Monky, sin extrañarse ni desconfiar, pues si el defecto de Adolfo era la impuntualidad, su más importante virtud era sin duda la sinceridad, costase lo que costase, su lema era: la verdad ante todo.

-De ahora en adelante podremos aprobar todos los exámenes sin necesidad de estudiar, y tener todas las colecciones completas de cromos sin necesidad de tener que comprarlos, o tener toda la colección de videos de Walt Disney. Todo esto y mucho más se les ocurrió en pocos minutos a Anselmo y Monky; ni siquiera sabían aún cómo había que hacer para que la linterna pudiese cumplir sus deseos, ellos confiaban plenamente en su amigo y todo el trabajo se lo dejaban a él.


Aquel día hicieron novillos y no fueron a clase, no les preocupaba demasiado ir o no, pues con su magnífica linterna podían hacer que pareciera como si estuvieran allí, aunque realmente estuvieran en otro lugar. Paseando por una de las calles de la ciudad vieron cuanto tenían que trabajar los obreros de la limpieza, todo el día con las grandes escobas en la mano, recogiendo todas las basuras y excrementos de perros que los demás dejaban en la calle y pensaron en dirigir su rayo hacia la basura y así hacer que ella sola se metiese en los contenedores que portaban los obreros. El señor de la limpieza se quedó paralizado al verlo y no supo que decir, se frotaba una y otra vez los ojos pensando que eso era un sueño. Una calle más arriba bajaba una señora cargada con varias bolsas del supermercado, cuando de pronto una de ellas se le rompió, desparramándose todo lo que llevaba, incluso una bolsa llena de garbanzos que comenzaron a rodar calle abajo; en aquel momento, Anselmo, que llevaba la linterna en la mano dirigió su rayo hacia la bolsa rota y pidió que se arreglara y que toda su mercancía se introdujera de nuevo en ella; la pobre señora casi se mareo de la impresión que le produjo el milagro. Después, pasaron por una puerta donde unos señores vestidos con mono azul descargaban muebles con una cuerda a través de una ventana; Monky, tomó la linterna la dirigió hacia la ventana e hizo que todos los muebles volasen por los aires y se introdujesen en el camión de la mudanza.


Sin darse cuenta se les había pasado toda la mañana y había llegado la hora de ir a casa a comer; habían acordado que como la linterna no podían repartirla, pues cada día le tocaría a uno llevársela a casa y por unánime decisión, hoy le tocaría a Adolfo, pues para eso había sido él quien había descubierto sus increíbles poderes y quien la había recogido del suelo en el campo y quien se había empeñado en volver al contenedor de basuras rebuscando entre la mierda y recogerla, limpiarla de su óxido; de modo que se la llevó a casa.

Cuando se sentó a la mesa a comer, vio con desagrado que los espaguetis que su madre había preparado no eran precisamente la comida que más le gustaba y ansioso por demostrar a sus padres su descubrimiento dijo:

-¡Atención, vais a ver lo que he encontrado!
Dirigió el rayo de la linterna hacia los espaguettis y pidió que se convirtieran en una estupenda tortilla de patatas, que era su comida favorita. Pero allí continuaban los espaguettis y por ningún lado aparecía la tortilla de patatas. Se puso muy colorado, se estaba sintiendo profundamente ridículo, pues él nunca mentía y cómo podría explicar que una cosa tan extraña existía; si no era capaz de demostrarlo sus padres podrían empezar a pensar que al fin y al cabo era un niño como los demás, fantasioso y hasta mentirosillo.


Decidió intentarlo una vez más, pues era posible que la linterna no hubiese entendido la orden;  pero a pesar de pedirlo aún con más fuerza que la vez anterior, la linterna no dio muestras de colaborar, y aquel día Adolfo no tuvo más remedio que comerse sus espaguettis.

A la tarde cuando salió de casa para reunirse con sus amigos cogió la linterna y cuando salía del jardín, notó como si la linterna pesase menos, la tocó con sus manos, tanteándola y efectivamente parecía pesar menos que por la mañana. Sólo cinco minutos más tarde y a punto ya de llegar a la esquina donde le esperaban sus amigos, no sólo notó que cada vez pesaba menos, además, cuando la miró notó como si se desvaneciera, es decir, como si de pronto empezase a desaparecer de entre sus manos.

Llegó a la esquina, y lo primero que hizo fue explicarle a Anselmo y Monky lo que estaba ocurriendo; Monky tomó la linterna entre sus dedos y poco a poco fue desapareciendo sin que ninguno de los tres pudiese hacer nada por evitarlo.
Ahora Anselmo, Monky y Adolfo, están trabajando en la construcción de una linterna capaz de hacer realidad todas sus ilusiones; quizá algún día logren conseguirlo.



Fin









   

LA SOMBRA


Aquella tarde habían estado paseando por el monte, los cuatro amigos habían salido de casa por la mañana, para pasar el fin de semana en la casita de campo de uno de sus tíos, creían haber visto los animales más salvajes de aquella región, sin embargo, todo estaba aún por ocurrir.

Cuando ya habían llegado a la casita de campo y se encontraban cómodamente sentados en el sofá, surgió de entre la obscuridad, una sombra; parecía en un principio ser tan sólo eso, una sombra, pero realmente era mucho más, mucho más peligroso, era el miedo a lo desconocido.

Leumas, fue quien primero vio aquella desconocida sombra; se asustó mucho al principio, pero más tarde, una vez repuesto del susto, decidió que la única forma de averiguar qué era aquello, sería enfrentarse con ello.

No podían continuar en esa situación, no podían quedarse toda la noche tumbados en el sofá sin pegar ojo, quedándose con la duda de si aquello, suponía un grave riesgo o si por el contrario, era sólo una sombra que no entrañaba peligro alguno.

Leumas decidió echar valor y levantándose del sofá con mucho disimulo, fue acercándose lentamente hasta la sombra desconocida; cuando ya estaba muy cerca de ella, pero no lo suficiente como para ser atrapado y atacado, le dijo:

¡Oye, quién eres tú!

Pero la sombra no sólo no respondió, sino que ni tan siquiera se movió; parecía que no tenía vida, parecía que deseaba no ser molestada y por eso no hacía ningún movimiento.


Leumas, con más miedo aún que la primera vez, volvió a repetir:


¡Te he dicho que me digas quién eres tú y si no me lo dices, puedes atenerte a las consecuencias!

Justo cuando Leumas había terminado de decir aquello, la sombra hizo un ligero movimiento, muy suave, pero lo suficiente como para asustarle a él y a su pandilla de amigos.

Laur, Divad y Saiasi, que eran los amigos que en aquel momento acompañaban a Leumas, se echaron hacia atrás, dándose un fuerte golpe contra el sofá. Sin saber por qué se habían tapado los ojos. 
Laur se había echado la manta con la que estaban arropados por encima de la cabeza, como si con aquel detalle fuesen a estar a salvo de lo que la sombra pudiese hacerles.

 Leumas, totalmente paralizado por el tremendo susto que se había llevado, no supo cómo reaccionar y no tuvo valor  para moverse; sus amigos le gritaban:

¡Leumas, ven, escapa, ten cuidado o te atacará!

De pronto la sombra volvió a moverse; esta vez su movimiento fue  más brusco y en aquel momento, Leumas casi desmayado, no supo qué hacer; pero Laur muy atento, se fijó que la ventana de la otra habitación estaba abierta y aquella noche hacía muchísimo viento.

Fue entonces cuando se levantó, cogió a su amigo por los brazos, lo tumbó en el sofá y le dijo:

¡Tranquilo Leumas, tranquilo!, ya ha pasado todo, creo que ya sé qué es la sombra.

Saiasi y Divad se dirigieron, todavía con miedo suficiente como para estar temblando, hasta la otra habitación y cuando llegaron a la ventana, vieron que estaba abierta y la cerraron. 

En aquel preciso momento, el viento sopló con fuerza y ellos tuvieron que hacer doble esfuerzo para lograr cerrar la ventana como se proponían y fue en ese instante cuando vieron, que con el viento, la sombra volvía a moverse, pero desde el lugar en el que ahora estaban la sombra era distinta, lo que se veía, ya no eran un montón de espárragos, con gordas cabezas al final, como si fuese un monstruo de siete cabezas, sino la sombra de una vieja lámpara de araña que se hallaba en el centro del techo de la habitación.

Volvieron al salón y se sentaron en el sofá y  ya mucho más tranquilos, explicaron a Laur y a Leumas lo que había ocurrido:

Esta tarde cuando hemos subido a la montaña, dijo Saisai, sin darnos cuenta nos hemos dejado la ventana de esa habitación abierta; de modo que ahora, cuando entra el viento, mueve la lámpara y ésta proyecta esa sombra en la pared.

No os preocupéis, porque creo que no era un monstruo con siete cabezas, ni ningún otro extraño animal, tan sólo era la sombra de la lámpara, la vieja lámpara de mi bisabuela Rigoberta;  siempre decía que se la había regalado un conde y la tenía muy limpia y muy bien cuidada.

Y así Leumas, Laur, Divad y Saiasi, pudieron dormir aquella noche tranquilos, sin ningún otro sobresalto y teniendo la certeza de haber pasado uno de los días y una de las aventuras más bonitas de su vida.

Pero justo en el momento en que todos estaban ya dormidos, un fuerte relámpago de tormenta veraniega, iluminó toda la habitación, tres segundos más tarde, su trueno, retumbó en la casa abriendo de un tremendo golpazo todas las ventanas y de nuevo, la sombra, volvió a moverse al otro lado de la habitación.

Los cuatro amigos se despertaron de nuevo y esta vez rieron a carcajada limpia, sabiendo como sabían, que aquella sombra, era sólo una sombra y que el relámpago y el trueno, eran a pesar de todo, necesarios para que la naturaleza continuase su curso habitual.

Siempre me he preguntado si aquella noche  hubo o no algún otro sobresalto.
                                             
   Fin