sábado, 20 de abril de 2013

LA SOMBRA


Aquella tarde habían estado paseando por el monte, los cuatro amigos habían salido de casa por la mañana, para pasar el fin de semana en la casita de campo de uno de sus tíos, creían haber visto los animales más salvajes de aquella región, sin embargo, todo estaba aún por ocurrir.

Cuando ya habían llegado a la casita de campo y se encontraban cómodamente sentados en el sofá, surgió de entre la obscuridad, una sombra; parecía en un principio ser tan sólo eso, una sombra, pero realmente era mucho más, mucho más peligroso, era el miedo a lo desconocido.

Leumas, fue quien primero vio aquella desconocida sombra; se asustó mucho al principio, pero más tarde, una vez repuesto del susto, decidió que la única forma de averiguar qué era aquello, sería enfrentarse con ello.

No podían continuar en esa situación, no podían quedarse toda la noche tumbados en el sofá sin pegar ojo, quedándose con la duda de si aquello, suponía un grave riesgo o si por el contrario, era sólo una sombra que no entrañaba peligro alguno.

Leumas decidió echar valor y levantándose del sofá con mucho disimulo, fue acercándose lentamente hasta la sombra desconocida; cuando ya estaba muy cerca de ella, pero no lo suficiente como para ser atrapado y atacado, le dijo:

¡Oye, quién eres tú!

Pero la sombra no sólo no respondió, sino que ni tan siquiera se movió; parecía que no tenía vida, parecía que deseaba no ser molestada y por eso no hacía ningún movimiento.


Leumas, con más miedo aún que la primera vez, volvió a repetir:


¡Te he dicho que me digas quién eres tú y si no me lo dices, puedes atenerte a las consecuencias!

Justo cuando Leumas había terminado de decir aquello, la sombra hizo un ligero movimiento, muy suave, pero lo suficiente como para asustarle a él y a su pandilla de amigos.

Laur, Divad y Saiasi, que eran los amigos que en aquel momento acompañaban a Leumas, se echaron hacia atrás, dándose un fuerte golpe contra el sofá. Sin saber por qué se habían tapado los ojos. 
Laur se había echado la manta con la que estaban arropados por encima de la cabeza, como si con aquel detalle fuesen a estar a salvo de lo que la sombra pudiese hacerles.

 Leumas, totalmente paralizado por el tremendo susto que se había llevado, no supo cómo reaccionar y no tuvo valor  para moverse; sus amigos le gritaban:

¡Leumas, ven, escapa, ten cuidado o te atacará!

De pronto la sombra volvió a moverse; esta vez su movimiento fue  más brusco y en aquel momento, Leumas casi desmayado, no supo qué hacer; pero Laur muy atento, se fijó que la ventana de la otra habitación estaba abierta y aquella noche hacía muchísimo viento.

Fue entonces cuando se levantó, cogió a su amigo por los brazos, lo tumbó en el sofá y le dijo:

¡Tranquilo Leumas, tranquilo!, ya ha pasado todo, creo que ya sé qué es la sombra.

Saiasi y Divad se dirigieron, todavía con miedo suficiente como para estar temblando, hasta la otra habitación y cuando llegaron a la ventana, vieron que estaba abierta y la cerraron. 

En aquel preciso momento, el viento sopló con fuerza y ellos tuvieron que hacer doble esfuerzo para lograr cerrar la ventana como se proponían y fue en ese instante cuando vieron, que con el viento, la sombra volvía a moverse, pero desde el lugar en el que ahora estaban la sombra era distinta, lo que se veía, ya no eran un montón de espárragos, con gordas cabezas al final, como si fuese un monstruo de siete cabezas, sino la sombra de una vieja lámpara de araña que se hallaba en el centro del techo de la habitación.

Volvieron al salón y se sentaron en el sofá y  ya mucho más tranquilos, explicaron a Laur y a Leumas lo que había ocurrido:

Esta tarde cuando hemos subido a la montaña, dijo Saisai, sin darnos cuenta nos hemos dejado la ventana de esa habitación abierta; de modo que ahora, cuando entra el viento, mueve la lámpara y ésta proyecta esa sombra en la pared.

No os preocupéis, porque creo que no era un monstruo con siete cabezas, ni ningún otro extraño animal, tan sólo era la sombra de la lámpara, la vieja lámpara de mi bisabuela Rigoberta;  siempre decía que se la había regalado un conde y la tenía muy limpia y muy bien cuidada.

Y así Leumas, Laur, Divad y Saiasi, pudieron dormir aquella noche tranquilos, sin ningún otro sobresalto y teniendo la certeza de haber pasado uno de los días y una de las aventuras más bonitas de su vida.

Pero justo en el momento en que todos estaban ya dormidos, un fuerte relámpago de tormenta veraniega, iluminó toda la habitación, tres segundos más tarde, su trueno, retumbó en la casa abriendo de un tremendo golpazo todas las ventanas y de nuevo, la sombra, volvió a moverse al otro lado de la habitación.

Los cuatro amigos se despertaron de nuevo y esta vez rieron a carcajada limpia, sabiendo como sabían, que aquella sombra, era sólo una sombra y que el relámpago y el trueno, eran a pesar de todo, necesarios para que la naturaleza continuase su curso habitual.

Siempre me he preguntado si aquella noche  hubo o no algún otro sobresalto.
                                             
   Fin                                                                                                                                                                                                                




No hay comentarios:

Publicar un comentario