Aquella tarde habían estado paseando por el monte, los cuatro amigos habían salido de casa por la mañana, para pasar el fin de semana en la casita de campo de uno de sus tíos, creían haber visto los animales más salvajes de aquella región, sin embargo,
todo estaba aún por ocurrir.
Cuando ya habían llegado a la casita de campo y se encontraban
cómodamente sentados en el sofá, surgió de entre la obscuridad, una sombra;
parecía en un principio ser tan sólo eso, una sombra, pero realmente era mucho
más, mucho más peligroso, era el miedo a lo desconocido.
Leumas, fue quien primero vio aquella desconocida
sombra; se asustó mucho al principio, pero más tarde, una vez repuesto del
susto, decidió que la única forma de averiguar qué era aquello, sería
enfrentarse con ello.
No podían continuar en esa situación, no podían
quedarse toda la noche tumbados en el sofá sin pegar ojo, quedándose con la
duda de si aquello, suponía un grave riesgo o si por el contrario, era sólo una
sombra que no entrañaba peligro alguno.
Leumas decidió echar valor y levantándose del sofá
con mucho disimulo, fue acercándose lentamente hasta la sombra desconocida;
cuando ya estaba muy cerca de ella, pero no lo suficiente como para ser
atrapado y atacado, le dijo:
¡Oye, quién eres tú!
Pero la sombra no sólo no respondió, sino que ni tan
siquiera se movió; parecía que no tenía vida, parecía que deseaba no ser
molestada y por eso no hacía ningún movimiento.
Leumas, con más miedo aún que la primera vez, volvió
a repetir:
¡Te he dicho que me digas quién eres tú y si no me
lo dices, puedes atenerte a las consecuencias!
Justo cuando Leumas había terminado de decir
aquello, la sombra hizo un ligero movimiento, muy suave, pero lo suficiente
como para asustarle a él y a su pandilla de amigos.
Laur, Divad y Saiasi, que eran los amigos que en
aquel momento acompañaban a Leumas, se echaron hacia atrás, dándose un fuerte
golpe contra el sofá. Sin saber por qué se habían tapado los ojos.
Laur se había
echado la manta con la que estaban arropados por encima de la cabeza, como si
con aquel detalle fuesen a estar a salvo de lo que la sombra pudiese hacerles.
Leumas,
totalmente paralizado por el tremendo susto que se había llevado, no supo cómo
reaccionar y no tuvo valor para moverse;
sus amigos le gritaban:
¡Leumas, ven, escapa, ten cuidado o te atacará!
De pronto la sombra volvió a moverse; esta vez su
movimiento fue más brusco y en aquel
momento, Leumas casi desmayado, no supo qué hacer; pero Laur muy atento, se
fijó que la ventana de la otra habitación estaba abierta y aquella noche hacía
muchísimo viento.
Fue entonces cuando se levantó, cogió a su amigo por
los brazos, lo tumbó en el sofá y le dijo:
¡Tranquilo Leumas, tranquilo!, ya ha pasado todo,
creo que ya sé qué es la sombra.
Saiasi y Divad se dirigieron, todavía con miedo
suficiente como para estar temblando, hasta la otra habitación y cuando
llegaron a la ventana, vieron que estaba abierta y la cerraron.
En aquel preciso
momento, el viento sopló con fuerza y ellos tuvieron que hacer doble esfuerzo
para lograr cerrar la ventana como se proponían y fue en ese instante cuando
vieron, que con el viento, la sombra volvía a moverse, pero desde el lugar en
el que ahora estaban la sombra era distinta, lo que se veía, ya no eran un
montón de espárragos, con gordas cabezas al final, como si fuese un monstruo de siete cabezas, sino la sombra de una vieja
lámpara de araña que se hallaba en el centro del techo de la habitación.
Volvieron al salón y se sentaron en el sofá y ya mucho más tranquilos, explicaron a
Laur y a Leumas lo que había ocurrido:
Esta tarde cuando hemos subido a la montaña, dijo
Saisai, sin darnos cuenta nos hemos dejado la ventana de esa habitación
abierta; de modo que ahora, cuando entra el viento, mueve la lámpara y ésta
proyecta esa sombra en la pared.
No os preocupéis, porque creo que no era un monstruo
con siete cabezas, ni ningún otro extraño animal, tan sólo era la sombra de la
lámpara, la vieja lámpara de mi bisabuela Rigoberta; siempre decía que se la había regalado un
conde y la tenía muy limpia y muy bien cuidada.
Y así Leumas, Laur, Divad y Saiasi, pudieron dormir
aquella noche tranquilos, sin ningún otro sobresalto y teniendo la certeza de
haber pasado uno de los días y una de las aventuras más bonitas de su vida.
Pero justo en el momento en que todos estaban ya
dormidos, un fuerte relámpago de tormenta veraniega, iluminó toda la
habitación, tres segundos más tarde, su trueno, retumbó en la casa abriendo de
un tremendo golpazo todas las ventanas y de nuevo, la sombra, volvió a moverse
al otro lado de la habitación.
Los cuatro amigos se despertaron de nuevo y esta vez
rieron a carcajada limpia, sabiendo como sabían, que aquella sombra, era sólo
una sombra y que el relámpago y el trueno, eran a pesar de todo, necesarios
para que la naturaleza continuase su curso habitual.
Siempre me he preguntado si aquella noche hubo o no algún otro sobresalto.
Fin
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