-¿Dónde vas,
Monky?, preguntó su madre cuando él se disponía a salir.
-Voy a jugar
con Anselmo mamá.
A Monky no le
gustaba dar demasiadas explicaciones de qué iba o no a hacer cuando salía de
casa; así que sólo dijo que iba a jugar con Anselmo, pero la verdad era que
estaba trabajando junto con sus amigos en la construcción de un nuevo invento.
Monky y su
inseparable amigo Anselmo habían ido de excursión hacía algunos días con el
colegio, una de esas excursiones que se hacen al campo para buscar fósiles y
ver piedras y piedras sin tener demasiado claro cuál es su importancia; lo
verdaderamente divertido de estas excursiones era el viaje en autobús, gastando
bromas al resto de compañeros de colegio y a las chicas, cantando canciones, y
después pasar un agradable día buscando reptiles y otros bichos, en definitiva
un poco de aventura campestre.
En el autobús,
Adolfo, que era el “pitagorín” de la clase, había estado presumiendo durante
todo el viaje de su nuevo juego de ordenador, en el que unos extraterrestres
hacían desaparecer a toda la población de ratas de una gran ciudad con su
potentísimo “rayo glux”; el “rayo glux” era una especie de rayo láser pero
infinitamente más poderoso, casi tan poderoso como la imaginación pueda
imaginar, y según Adolfito, que era el nombre por el que le llamaba la
profesora Angustias, era uno de los
juegos más divertidos que él conocía. Pero Adolfito no era sólo el “pitagorín”
de la clase, ni un niño que se encerrara con su ordenador durante todo el
tiempo como si no hubiera otra cosa que hacer; Adolfito sobre todo, era el
tercer elemento de esta historia, amigo de Anselmo y Monky, y ciertamente era
el niño más estudioso de la clase, parecía saberlo todo y eso era precisamente
lo que más atraía a las chicas de su clase, el que siendo un niño estudioso y
con buenas notas, supiera mezclarlo con una cierta picardía que no solía ser
común en este tipo de chicos.
Una vez que llegaron a
destino y bajaron del autobús, recibieron órdenes de qué deberían de hacer en
el campo, de cómo buscar los ansiados fósiles y algunos consejos para no correr
ningún tipo de peligro; de modo que como siempre los tres se pusieron en camino
y como siempre fue Adolfo quien captó tanto las órdenes del profesor, como los
consejos, pues ni Anselmo ni Monky solían enterarse de nada y aprovechaban la
inteligencia y buena disposición de su amigo Adolfo que a su vez sabía cómo
sacar partido a este encargo de su pequeña pandilla.
Anduvieron durante más de
una hora por el campo buscando culebras, sapos y lagartijas para después
asustar a las chicas, era su inexplicable forma de caerles bien, cuando de
pronto Anselmo vio una piedra que al menos a él le pareció muy antigua e
interesante.
-¡Adolfo,
Adolfo, ven aquí, creo que he encontrado el fósil de una caracola!, gritó casi
desesperado Anselmo.
Adolfo
parsimonioso, incrédulo del descubrimiento de su amigo, fue a ver qué era aquello
que había encontrado y cuando lo tuvo en su mano, sin que apenas hubiesen
pasado unos segundos, dijo:
-¡Que bruto eres Anselmo!, es una chapa de
coca-cola pegada a un trozo de cemento, la gente es tan guarra que va dejando
porquerías tiradas en el campo y luego llegan otros tan brutos como ellos y
creen haber visto el fósil de una caracola en lo que no es más que la chapa de
un refresco incrustada a un trozo de cemento.
Poco rato
después, Monky, (llamado así desde que un día en clase de Inglés oyó a la
profesora decir, que mono en Inglés, se decía Monky y desde entonces él mismo
se ha hecho llamar así hasta por su familia), encontró lo que parecían ser,
según él, “pinturas campestres” y como
si fuese el hallazgo más importante de la historia, llamó a su amigo:
-¡Adolfo corre,
mira lo que he encontrado!
Y Adolfo, como
siempre, fue con su parsimonia habitual como si intuyese que aquello no era más
que una tontería más de su amigo. Cuando llegó comprobó por sí mismo que lo que
Monky creía una pintura rupestre no eran más que señales hechas con algún palo
recién quemado y que su antigüedad probablemente se remontaba al domingo
pasado. Unos metros más adelante se hallaban unas piedras en forma circular,
con carbonilla vegetal en su interior, de lo que hubiera sido una lumbre donde
hicieran una rica paella.
-Mira que eres
zopenco Monky, no ves que esto no tiene nada que ver con una pintura rupestre,
¡Rupestre!, no campestre como dices tú. Mira ese es el fuego en el que quemaron
el palo con el que está hecha esta pintura, por cierto el pintor tampoco debía
de ser una lumbrera porque mira que dibujar un camello con tres jorobas, ya hay
que ser bruto.
Por ningún lado
aparecían las culebras, ni los lagartos, ni los sapos de otros años, sólo
basuras, latas de refrescos, colillas, bolsas de plástico, algún paquete de
tabaco vacío, pero ni un sólo bicho. Y Adolfo, que era el más sensible en estos
temas de todos los chicos del colegio, iba recogiendo todo lo que veía y echándolo
en una bolsa que llevaba al efecto en el bolsillo del pantalón, y precisamente
una de las guarrerías que encontró y recogió, fue una vieja linterna sin pilas
y que aparentemente de nada servía ya. Sus amigos solían reírse de él por esta
manía de recoger basuras en el campo, sin embargo sus profesores alababan su
gesto y recriminaban a los demás por no seguir su ejemplo.
En una de las
ocasiones que Adolfo se agachó para recoger un viejo y vacío paquete de tabaco, encontró justo a su lado lo que resultó
ser un fósil, sin que en ese momento pudiese determinar a qué pertenecía; fue
el único fósil encontrado por todo el colegio aquella tarde.
Lo más probable es que
aquella zona de campo estuviese ya totalmente consumida y ya no quedasen en
ella otra cosa que basuras.
A la vuelta de
la excursión y sin ningún bicho con el que asustar a las chicas, jugaron a una
guerra de bolas de papel, que hicieron con trozos de un viejo periódico
recogido por Adolfo. Entre tanto, y no siendo de su agrado este tipo de juegos
que ensuciaban lo que él tenía por costumbre de limpiar, Adolfo hurgó entre lo
recogido, recordando que había encontrado una linterna, con algo de óxido en su
exterior y cuando la vio en el fondo del saco de basuras le pareció como si
ésta estuviese iluminando; rápidamente cerro los ojos y volvió a abrirlos, como
si no pudiese creer lo que le parecía haber visto; él mismo había recogido
aquella linterna del suelo, él mismo la había metido en el saco y recordaba, no
sólo el óxido, sino también que no llevaba pilas; en ningún momento dejó el
saco a nadie, ni nadie se lo hubo tocado, además, a ninguno de sus compañeros
se les hubiese ocurrido echarle una mano y coger el saco; luego no era ninguna
broma y estaba seguro de que la linterna se había encendido; pero era
imposible, él sabía que para que la linterna pudiese iluminar era
imprescindible que recibiese la energía de una pila o de algún cable a través
del cual le llegase electricidad. Después de unos segundos, se convenció de que
aquello habría sido un reflejo, una ilusión óptica, quizá provocada por los intensos rayos solares
recibidos durante todo un día de campo.
En
aquel preciso instante recibió un fuerte pelotazo de papel de periódico en la
cabeza, su inmediata reacción fue devolver aquel pelotazo a quien se lo hubiese
dado, pero había estado tan ensimismado pensando quién y cómo le podría haber
gastado la broma de la “linternita” que ahora no sabía a quién pegarle el
pelotazo. Se quedó con el brazo levantado y la pelota en la mano, intentando
adivinar quién se la había echado, y como ocurre siempre en estos juegos de
amigos lo que importa es seguir jugando no devolver el pelotazo a quien te lo
haya dado, así que Brenda, una niña de 3º A que estaba coladita por él, fue
quien recibió, creo que con agrado el “papelotazo”.
Cuando llegaron
de la excursión y Angustias, la “profe de mates”, que además de esto era
también la tutora del curso, dijo a sus alumnos que podían ya marcharse a casa,
Adolfo, echó la bolsa de basura que con tanta abnegación llenó en el campo, al
contenedor de basuras que había frente a la puerta del colegio y se marchó con
sus dos amigos a casa. Ya de camino y cuando habían recorrido un largo trecho,
Adolfo que no podía dejar de pensar en el reflejo que había recibido de la
linterna, decidió que aquella linterna podría tener su interés si conseguía
arreglarla y ponerla en funcionamiento,
y les dijo a Anselmo y Monky de la conveniencia de volver a recogerla al
contenedor, pero éstos cansados y hambrientos de todo un día de campo, al que
no estaban acostumbrados, recriminaron su interés en la linterna, argumentando
que ellos ya tenían en casa y que para qué querían un vieja linterna oxidada
por el paso del tiempo. Pero Adolfo que era astuto e inteligente, sabía cómo
podía convencer a sus amigos de que aquella linterna, no era una simple
linterna, probablemente pertenecía a algún espía extranjero que la habría
perdido luchando con sus perseguidores, igual que ocurría en las películas que
tanto les gustaban a Anselmo y Monky.
Éstos incrédulos y esperando que fuese otra de
las complicadas ideas de su amigo, pero confiando en su inteligencia decidieron
volver con él al contenedor.
Rebuscaron
entre las basuras que otros vecinos ya habían echado sobre la bolsa de Adolfo y
por fin entre todos aquellos desperdicios de cajas de cartón de leche, botellas
de plástico y restos de comida que desprendían olores fétidos, encontraron la
linterna, la limpiaron de restos de espagueti y tomate que se habían impregnado
sobre ella y se la llevaron.
Esa misma
noche, cuando Adolfo ya se había metido en su cama para dormir y había dejado
la linterna, ya limpia, sobre la mesa del ordenador; una potente luz le despertó
de su sueño; sorprendido y asustado se refugió bajo su edredón, pero incluso
desde dentro de la cama y tapado con el edredón podía ver aquella potente luz.
Decidió que la única forma de averiguar qué era lo que pasaba sería destaparse,
levantarse y comprobar qué era aquello, pues aunque siempre le habían gustado
las películas de extraterrestres nunca creyó que existieran y no podía pensar
que aquello fuese un platillo volante o algo parecido. Se levantó, y nada más
estar en pie vio con asombro que la potente luz provenía de la linterna; cogió
su pantalón que era la prenda que más a mano tenía, para así asegurarse de que
no recibiría ninguna descarga eléctrica; a pesar de estar totalmente convencido
de que la linterna no estaba conectada a ningún enchufe, ni tampoco tenía
pilas, cogió el pantalón y metiendo su mano por uno de los agujeros de las
piernas tomó la linterna con la mano, comprobó que no daba ninguna descarga
eléctrica, tampoco estaba conectada a cable alguno y para mayor seguridad,
volvió a abrir el compartimento de las pilas que también estaba vacío; de modo
qué cómo podía dar luz, además una luz potentísima y amplia, era capaz de
iluminar todo cuanto tenía alrededor, tanto por delante como por detrás, sin
importar hacía donde se dirigiera. Creyó que lo más conveniente era desconectar
el interruptor y así se apagaría; había descubierto una linterna capaz de
iluminar sin recibir energía, nadie antes,
por todos los conocimientos que Adolfo poseía, había visto algo igual,
al menos en ningún libro había él leído
algo parecido; sabía que esto era algo increíble. Desconectó el interruptor y
sorprendentemente, la linterna lejos de apagarse, lo que hizo fue emitir un
rayo de luz más potente aún que la luz anterior, sólo que esta vez la luz era
direccional, es decir, sólo iluminaba aquello hacia donde se dirigía. Le
recordó al juego de ordenador al que había estado jugando últimamente, “el rayo
glux”, con el que podían hacerse cosas inimaginables; y como si de ese juego se
tratase, pidió que el gato que todas las noches le despertaba con sus
maullidos, se quedase mudo y dirigiendo el rayo de la linterna hacia el gato
que maullaba en su jardín, éste en aquel preciso momento calló; todavía
incrédulo, pensando que era producto de la casualidad, pidió algo más
complicado:
-que ahora
mismo se apaguen las farolas de mi calle.
Y dirigiendo el rayo de la
linterna hacia ellas, éstas de súbito se apagaron.
Tan sorprendido
estaba Adolfo de su descubrimiento que fue incapaz de dormir en toda la noche,
a cada instante se le ocurrían nuevas cosas que pedir a su rayo, y por
complicadas e imposibles que pudieran parecer el rayo siempre conseguía que se
hiciesen realidad. Lo que más urgía a Adolfo durante toda la noche era que se
hiciese de día, pues aunque estaba disfrutando como nunca, las alegrías no lo
son tanto si no se comparten, y él tenía dos amigos con quienes compartir su
magnífico “rayo glux”.
Al amanecer,
Adolfo, no pudiendo más de cansancio se quedó completamente dormido sobre la
cama, y a eso de las ocho y media de la mañana, su madre entró a la habitación
para despertarlo; lo encontró totalmente desarropado, con la linterna en la
mano y su madre algo extrañada por el hecho se alegró, por fin Adolfo daba
muestras de ser un niño como los demás, su madre nunca le había visto jugar con
juguetes como los demás niños, siempre pegado a sus libros de cuentos y
fantasías, a su ordenador, en el que escribía bonitas historias de aventuras en
las que participaba junto a sus amigos.
Cuando Adolfo
llegó al lugar de encuentro matinal, una esquina cercana a su casa donde todos
los días quedaban los tres amigos, ya estaban allí Anselmo y Monky esperándolo,
pues como siempre Adolfo llegaba tarde, era el mayor de sus defectos, la
impuntualidad.
-¡Vais a alucinar
con mi nuevo descubrimiento!, dijo Adolfo a sus amigos.
Y éstos, que ya estaban
acostumbrados a las rarezas de Adolfo, cautivados por conocer el nuevo hallazgo de su amigo, preguntaron de qué se
trataba.
-Recordáis la
linterna de ayer, dijo Adolfo.
-Sí claro,
contestaron Anselmo y Monky.
-Pues es, cómo
lo diría yo, como la lámpara mágica de Aladino, puedes pedirle un deseo y te lo
concede, sólo que no tiene genio, ni tampoco tienes que frotarla.
-¡Bien, yupi!,
dijeron Anselmo y Monky, sin extrañarse ni desconfiar, pues si el defecto de
Adolfo era la impuntualidad, su más importante virtud era sin duda la
sinceridad, costase lo que costase, su lema era: la verdad ante todo.
-De ahora en
adelante podremos aprobar todos los exámenes sin necesidad de estudiar, y tener
todas las colecciones completas de cromos sin necesidad de tener que
comprarlos, o tener toda la colección de videos de Walt Disney. Todo esto y
mucho más se les ocurrió en pocos minutos a Anselmo y Monky; ni siquiera sabían
aún cómo había que hacer para que la linterna pudiese cumplir sus deseos, ellos
confiaban plenamente en su amigo y todo el trabajo se lo dejaban a él.
Aquel día
hicieron novillos y no fueron a clase, no les preocupaba demasiado ir o no,
pues con su magnífica linterna podían hacer que pareciera como si estuvieran
allí, aunque realmente estuvieran en otro lugar. Paseando por una de las calles
de la ciudad vieron cuanto tenían que trabajar los obreros de la limpieza, todo
el día con las grandes escobas en la mano, recogiendo todas las basuras y
excrementos de perros que los demás dejaban en la calle y pensaron en dirigir
su rayo hacia la basura y así hacer que ella sola se metiese en los
contenedores que portaban los obreros. El señor de la limpieza se quedó
paralizado al verlo y no supo que decir, se frotaba una y otra vez los ojos
pensando que eso era un sueño. Una calle más arriba bajaba una señora cargada
con varias bolsas del supermercado, cuando de pronto una de ellas se le rompió,
desparramándose todo lo que llevaba, incluso una bolsa llena de garbanzos que
comenzaron a rodar calle abajo; en aquel momento, Anselmo, que llevaba la
linterna en la mano dirigió su rayo hacia la bolsa rota y pidió que se
arreglara y que toda su mercancía se introdujera de nuevo en ella; la pobre
señora casi se mareo de la impresión que le produjo el milagro. Después,
pasaron por una puerta donde unos señores vestidos con mono azul descargaban
muebles con una cuerda a través de una ventana; Monky, tomó la linterna la
dirigió hacia la ventana e hizo que todos los muebles volasen por los aires y
se introdujesen en el camión de la mudanza.
Sin darse
cuenta se les había pasado toda la mañana y había llegado la hora de ir a casa
a comer; habían acordado que como la linterna no podían repartirla, pues cada
día le tocaría a uno llevársela a casa y por unánime decisión, hoy le tocaría a
Adolfo, pues para eso había sido él quien había descubierto sus increíbles
poderes y quien la había recogido del suelo en el campo y quien se había
empeñado en volver al contenedor de basuras rebuscando entre la mierda y
recogerla, limpiarla de su óxido; de modo que se la llevó a casa.
Cuando se sentó
a la mesa a comer, vio con desagrado que los espaguetis que su madre había
preparado no eran precisamente la comida que más le gustaba y ansioso por
demostrar a sus padres su descubrimiento dijo:
-¡Atención,
vais a ver lo que he encontrado!
Dirigió el rayo de la
linterna hacia los espaguettis y pidió que se convirtieran en una estupenda
tortilla de patatas, que era su comida favorita. Pero allí continuaban los espaguettis
y por ningún lado aparecía la tortilla de patatas. Se puso muy colorado, se
estaba sintiendo profundamente ridículo, pues él nunca mentía y cómo podría
explicar que una cosa tan extraña existía; si no era capaz de demostrarlo sus
padres podrían empezar a pensar que al fin y al cabo era un niño como los
demás, fantasioso y hasta mentirosillo.
Decidió intentarlo una vez
más, pues era posible que la linterna no hubiese entendido la orden; pero a pesar de pedirlo aún con más fuerza
que la vez anterior, la linterna no dio muestras de colaborar, y aquel día Adolfo
no tuvo más remedio que comerse sus espaguettis.
A la tarde
cuando salió de casa para reunirse con sus amigos cogió la linterna y cuando
salía del jardín, notó como si la linterna pesase menos, la tocó con sus manos,
tanteándola y efectivamente parecía pesar menos que por la mañana. Sólo cinco
minutos más tarde y a punto ya de llegar a la esquina donde le esperaban sus
amigos, no sólo notó que cada vez pesaba menos, además, cuando la miró notó
como si se desvaneciera, es decir, como si de pronto empezase a desaparecer de
entre sus manos.
Llegó a la esquina, y lo
primero que hizo fue explicarle a Anselmo y Monky lo que estaba ocurriendo;
Monky tomó la linterna entre sus dedos y poco a poco fue desapareciendo sin que
ninguno de los tres pudiese hacer nada por evitarlo.
Ahora Anselmo, Monky y
Adolfo, están trabajando en la construcción de una linterna capaz de hacer
realidad todas sus ilusiones; quizá algún día logren conseguirlo.
Fin
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